“Israel no puede vivir en paz mientras haga lo que hace”: las tres razones (y una raíz más profunda)

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Gideon Levy y Noam Chomsky coinciden: la ocupación israelí no se mantiene solo con armas o propaganda, sino con un relato moral, teológico y político que blinda a Israel frente a cualquier crítica. ¿Puede haber paz si no se asume responsabilidad?

Por Natalia Isidoro-Herrera

Hace unas semanas, mientras navegaba por Instagram, me topé con un vídeo breve, incómodo y certero. El periodista israelí Gideon Levy, una de las pocas voces críticas en medios como Haaretz, enumeraba tres razones demoledoras por las que —según él— Israel no puede vivir en paz mientras continúe con su actual política hacia Palestina. El vídeo es una lección comprimida sobre cinismo político, supremacismo moral y anestesia social.

Pero poco después, otra pieza vino a reforzar esa idea desde un ángulo aún más profundo: Noam Chomsky, en una conferencia, explicaba cómo el apoyo a Israel no se sostiene solo por intereses estratégicos, sino también por un impulso religioso: el sionismo cristiano, anterior incluso al sionismo judío.

Ambos análisis, desde dentro y desde fuera, permiten entender por qué el conflicto no avanza, y por qué cada intento de paz parece condenado al fracaso. No por falta de soluciones, sino por la compleja maraña de intereses políticos, históricos y emocionales que actúan como una barrera casi infranqueable. En medio de esta realidad, la comunidad internacional parece paralizada, atrapada en discursos que evitan cuestionar las raíces profundas del problema, y las voces disidentes se diluyen entre el ruido mediático.

“Somos el pueblo elegido”: el derecho moral absoluto

“La mayoría de los israelíes, si no todos, están convencidos de que somos el pueblo elegido, y por tanto tenemos derecho a hacer lo que queramos.”

—Gideon Levy

No se trata solo de una creencia religiosa, sino de una doctrina nacional. El mito del pueblo elegido funciona como justificación moral permanente. Todo está permitido si lo hace quien fue históricamente perseguido. Esa lógica se ha incrustado en la política israelí hasta el punto de convertir cualquier crítica en una afrenta “contra el pueblo de Dios”.

Y cuando crees que lo que haces es por mandato divino, los derechos humanos pasan a segundo plano.

El monopolio del dolor: victimismo como inmunidad

“Después del Holocausto, los judíos tienen derecho a hacerlo todo.”

—Gideon Levy

El trauma del Holocausto ha sido real, devastador… y también instrumentalizado. Levy denuncia el uso constante de ese dolor como escudo ético que neutraliza cualquier crítica a las políticas del Estado de Israel. El problema no es el recuerdo: es la imposibilidad de asumir responsabilidades actuales sin que el pasado sea invocado como excusa automática.

Esta narrativa borra a las otras víctimas, las contemporáneas. Las que mueren en Gaza. Las que viven bajo bloqueo. Las que no caben en la categoría de “víctimas válidas”.

Deshumanización sistemática: matar sin culpa

“Han logrado deshumanizar completamente a los palestinos. Si no son humanos, puedes hacer lo que quieras con ellos.”

—Gideon Levy

Esta tercera razón es, quizá, la más cruda. La deshumanización del enemigo no es nueva, pero en el caso palestino se ha institucionalizado. El otro deja de ser sujeto de derechos, y se convierte en amenaza, cifra, daño colateral.

Desde la narrativa oficial, los palestinos no sufren. No lloran. No mueren: simplemente “caen”. Y si no son plenamente humanos, la ocupación ya no duele. Ni siquiera incomoda.

La raíz bíblica del blindaje político: el sionismo cristiano

Aquí entra en escena Noam Chomsky. Hace unos años, en una conferencia, explicó que el apoyo incondicional de países como EE. UU. no responde solo a intereses geopolíticos, sino también a un respaldo espiritual: el del sionismo cristiano, una corriente religiosa nacida antes que el propio sionismo judío.

El respaldo histórico de Estados Unidos a Israel no puede entenderse solo desde la geopolítica: tiene raíces profundamente religiosas. Presidentes como Woodrow Wilson o Harry Truman, fervientes lectores de la Biblia vieron en la creación del Estado judío el cumplimiento de una promesa sagrada. Su visión del mundo, atravesada por el Antiguo Testamento, convertía la política exterior en una suerte de mandato espiritual.

Esa idea no quedó limitada a los presidentes. Harold Ickes, secretario del Interior de Roosevelt, llegó a afirmar que el regreso de los judíos a Palestina sería “uno de los eventos más grandes de la historia”, revelando hasta qué punto el relato bíblico impregnaba el pensamiento político estadounidense.

Hoy, esa lógica pervive con fuerza en sectores evangélicos que consideran a Israel parte esencial del plan divino. Desde esa perspectiva, no hay lugar para el debate: lo que viene de Dios no se cuestiona, se defiende.

Chomsky resume así su tesis: la Anglosfera cristiana ha sido históricamente más sionista que los propios judíos. Lo religioso se vuelve político. Lo teológico, estratégico. Y así se construye un apoyo que no necesita justificar nada: basta con citar la Biblia.

Mientras tanto, en Gaza…

Las bombas siguen cayendo. Los hospitales colapsan. Las resoluciones de la ONU se acumulan como papeles mojados. La comunidad internacional se indigna con timidez. Y el gobierno israelí sigue expandiendo asentamientos, cerrando fronteras, y blindando su relato.

La ocupación no necesita defensores: ya tiene un aparato político, mediático, religioso y militar que la sostiene. Y una sociedad que, según Levy, ha aprendido a no mirar.

¿Puede haber paz sin autocrítica?

La gran pregunta no es qué deben hacer los palestinos. Es qué está dispuesto a hacer Israel. Y la respuesta, mientras se mantengan las tres ideas de Levy (y el dogma de Chomsky), es simple: nada.

Porque no hay paz posible si crees que siempre tienes razón.

No hay justicia si solo tú eres la víctima.

No hay humanidad si al otro le niegas incluso el derecho al duelo.

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