“Roja de mierda”: el desprestigio de la izquierda en Europa y Latinoamérica

9–13 minutos

·

·

Del anticomunismo de la Guerra Fría al miedo al “castrochavismo”, un recorrido por los mitos, intereses y narrativas que han convertido a la izquierda en un enemigo conveniente.

Por Manuela Moreno Salcedo y Natalia Isidoro-Herrera

¿Por qué la izquierda incomoda tanto?

En gran parte del mundo, defender derechos sociales o justicia económica suele despertar estigmatización más que debate. Mientras el conservadurismo se asocia con orden, la izquierda —en sus múltiples formas— es reducida a etiquetas como “radical” o “peligrosa”. En Europa y América Latina, este rechazo tiene raíces en la Guerra Fría, reforzado por propaganda y una cultura del miedo que aún bloquea el cambio. Este reportaje examina cómo se construyó esa narrativa y qué intereses protege.

Rachel Levit/The New York Times

“Vete a Cuba”, “comunista”, “bolchevique”, “roja de mierda”. Son expresiones que, con sorprendente frecuencia, se escuchan —sobre todo en redes sociales— hacia quienes defienden políticas redistributivas, cuestionan los privilegios económicos o exigen derechos sociales básicos. En el imaginario colectivo europeo, ser de izquierdas ha pasado de ser una opción política legítima para convertirse, en muchos casos, en una etiqueta despectiva.

El legado ideológico de la Guerra Fría

Todo comienza, en parte, con la Guerra Fría. A partir de los años 40, Occidente desarrolló un poderoso discurso anticomunista que no solo atacaba a la URSS, sino que equiparaba cualquier idea progresista con una amenaza totalitaria. La socialdemocracia se volvió sospechosa. Defender lo público o lo común empezó a confundirse con defender al enemigo.

Getty Images/Lucas S. Paiva

Esta narrativa, profundamente arraigada en la cultura política europea, ha sobrevivido a la caída del Muro de Berlín. El neoliberalismo, triunfante, construyó la idea de que no hay alternativa posible. Lo resumió con crudeza la ex primera ministra británica Margaret Thatcher: “There is no alternative”. De ahí que todo lo que plantee un cambio estructural suene aún hoy como una amenaza.

Naomi Klein: el shock como oportunidad (para unos pocos)

En La doctrina del shock (2007), la periodista y ensayista Naomi Klein explica cómo el capitalismo moderno aprovecha las crisis —económicas, sanitarias, ecológicas— para imponer medidas impopulares que benefician a las élites: privatizaciones, recortes sociales, desregulación. Cuanto más confundida y debilitada está la ciudadanía, más fácil es implementar estas políticas sin resistencia.

Y cuando esa resistencia aparece —casi siempre desde la izquierda—, se le desprestigia rápidamente: se tilda de radical, irresponsable o directamente peligrosa. La izquierda molesta porque interrumpe la lógica del mercado libre como solución mágica para todo. Porque recuerda que los derechos no son mercancía. Y eso incomoda.

Por otro lado, el documental The Century of the Self (2002), dirigido por Adam Curtis para la BBC, retrata cómo la política moderna dejó de dirigirse al ciudadano racional para apelar directamente a sus emociones, deseos e identidades. Influenciado por las teorías de Freud y por las técnicas del marketing, el discurso político se vació de contenido para convertirse en una marca más. En este contexto, la izquierda —que propone reflexión, justicia estructural y límites al consumo— tiene difícil encaje. No vende promesas rápidas. No ofrece felicidad en 24 horas. Y eso cuesta caro en una era dominada por lo inmediato.

Crítica a los medios de comunicación.

Medios y relatos: la batalla por el sentido común

Durante décadas, los grandes medios han contribuido a este descrédito. Se ha repetido hasta la saciedad que la izquierda divide, protesta y empobrece, mientras que la derecha representa la estabilidad, la gestión eficaz y el “sentido común”. Etiquetas como “ideología de género”, “bolivarianismo” o “ecologismo radical” funcionan como eslóganes eficaces para desactivar debates incómodos.

El resultado: se ha instalado la idea de que lo progresista es sinónimo de caos. Y lo conservador, de orden. Una simplificación eficaz, pero profundamente distorsionadora.

Perry Anderson y la desaparición del marxismo del debate público

El historiador y teórico Perry Anderson, en su obra Consideraciones sobre el marxismo occidental (1976), analiza cómo el pensamiento crítico de izquierdas fue apartado del centro del debate político e intelectual tras los años 70. El marxismo dejó de ser una herramienta de transformación y pasó a ocupar un lugar casi clandestino en el mundo académico.

Mientras tanto, el neoliberalismo logró lo que Mark Fisher llamó realismo capitalista: la sensación de que no hay alternativa. Esta hegemonía cultural ha convertido cualquier discurso transformador en una rareza, cuando no en una amenaza.

El papel de la izquierda… y sus propios errores

La izquierda también ha contribuido a su propio descrédito. Su fragmentación, sus guerras internas y su desconexión con ciertos sectores sociales han debilitado su capacidad de seducción. En muchos casos, ha priorizado los matices sobre los consensos y las consignas sobre los vínculos.

Pero incluso con todas sus contradicciones, sigue siendo necesaria. Porque alguien tiene que hablar de desigualdad cuando la mayoría solo habla de crecimiento. Porque alguien tiene que incomodar al poder. Y eso, por mucho que duela, sigue siendo incómodamente útil.

Mujer marchando con su hijo.

América Latina: la política del miedo

En América Latina, la izquierda ha sido un blanco constante de estigmatización, persecución y miedo. Desde la Guerra Fría hasta hoy, cuestionar el modelo económico dominante ha sido suficiente para ser tildado de “comunista” o, más recientemente, “castrochavista”. La idea de que “la izquierda solo trae ruina” se ha instalado con fuerza. Más que un debate político, se trata de una narrativa diseñada para cerrar el paso a cualquier alternativa. Pero ¿De dónde surge este discurso?

De la Guerra Fría al “castrochavismo”

Durante décadas, Estados Unidos intervino en América Latina para frenar el avance de la izquierda, apoyando golpes de Estado contra gobiernos democráticos y respaldando dictaduras militares bajo el pretexto de combatir el comunismo.

Como explica Noam Chomsky en su libro Hegemony or Survival (2003), EE.UU. usó la retórica del “terrorismo” para justificar acciones violentas, culminando en el Plan Cóndor, una red represiva de dictaduras sudamericanas con apoyo de Washington.

El anticomunismo ayudó a estigmatizar a la izquierda como una amenaza para el orden, y tras las dictaduras esa criminalización se transformó en el término “castrochavismo”, que asocia cualquier propuesta progresista con los regímenes de Cuba o Venezuela, sin analizar su contenido.

The Art of Propaganda Warfare: How to Win Over Emotional Manipulation

EE.UU. vendió al mundo la imagen de que el comunismo era sinónimo de autoritarismo, mientras apoyaba dictaduras brutales en la región. Gracias a su eficaz propaganda, logró presentarse como garante de la democracia, aunque impuso control autoritario fuera de sus fronteras.

Esa propaganda sigue vigente hoy: basta proponer una reforma para que surja el miedo, reproduciendo una lógica que bloquea el debate y limita la transformación social.

Cómo funciona la máquina del miedo: Colombia como caso emblemático

Paro Nacional en Colombia, 2021/Martín @neoyuzek

El lenguaje es una poderosa herramienta de poder. Durante las elecciones de 2022, Gustavo Petro —el primer presidente de izquierda en la historia de Colombia— fue vinculado con el “castrochavismo”, una etiqueta sin definición clara pero cargada de miedo. Esto no se detuvo tras su victoria. La oposición que enfrenta ha sido feroz y buena parte de los medios lo presentan como una amenaza a la democracia.

La gestión de Petro, sin duda, ha tenido grandes errores, pero mientras se exageran sus fallos, pocos cuestionan con igual rigor los escándalos y represiones de gobiernos anteriores.

Más allá de su figura, Petro ha puesto sobre la mesa debates estructurales ignorados: la necesidad de una nueva política antidrogas, la inclusión de los sectores históricamente marginados, y la urgencia de enfrentar la violencia rural. Pero cada intento de reforma activa el mismo reflejo automático: “nos vamos a volver Venezuela”.

Con esta narrativa se ha logrado que mucha gente le tenga miedo al progreso. Palabras como “progre” se han convertido en insultos, usadas para desacreditar cualquier intento de cambio o avance social.

La élite política y económica colombiana teme perder el control de las instituciones y del discurso. Le teme a una ciudadanía que exija más, que reclame derechos, que no se conforme con el modelo heredado. Porque empoderar a los sectores históricamente excluidos implica, necesariamente, cuestionar los privilegios de quienes se han beneficiado de su silencio.

Chile: Boric y la moderación forzada

La llegada de Gabriel Boric a la presidencia en 2022 fue el resultado directo del estallido social de octubre de 2019, cuando millones salieron a las calles exigiendo cambios sociales profundos y una nueva Constitución. Boric representaba una izquierda renovada, más cercana a los movimientos sociales que a los partidos tradicionales.

Protesta durante el estallido social/Rodrigo Garrido/Reuters

Sin embargo, las expectativas se enfrentaron pronto con los límites del sistema político. La propuesta de una nueva Constitución fue rechazada en el plebiscito de 2022 con un 62% de votos.

Desde entonces, Boric ha tenido que moderar su discurso y ceder en reformas clave. Presionado por una coalición dividida y una fuerte crítica mediática, principalmente conservadora, ha endurecido su discurso en temas de seguridad y buscado alianzas con partidos tradicionales para mantener el poder.

La experiencia de Boric revela hasta qué punto el sistema político y mediático condiciona los márgenes de acción de los gobiernos de izquierda, aun cuando llegan al poder por medios democráticos y con amplio respaldo popular.

Venezuela: el fantasma perfecto

La situación en Venezuela —marcada por hiperinflación, migración masiva y deterioro democrático— se ha convertido en el argumento automático contra cualquier proyecto de izquierda. No importa de qué propuesta se trate, todo se reduce a una amenaza repetida: convertirse en Venezuela. Es una simplificación peligrosa, pero eficaz. Se la usa como una especie de ‘gran advertencia’ para frenar procesos reformistas en el resto de la región. Ya no es un análisis, es una estrategia política.

Manifestación en Venezuela/Isaac Paniza

Detrás de esta simplificación hay una realidad compleja: la crisis tiene raíces internas como políticas públicas mal diseñadas y corrupción, pero también una dimensión geopolítica agravada por sanciones internacionales. Sanciones que han afectado gravemente a la población civil.

Así, Venezuela se convierte en un fantasma utilizado en debates ajenos. En varios países mencionar “Venezuela” activa un reflejo emocional que cierra cualquier conversación sobre propuestas progresistas.

Este es el triunfo del discurso anti izquierda: con solo pronunciar un nombre, se evita el debate de ideas, ocultando factores complejos más allá de la ideología, como la corrupción, la mala gestión y las sanciones internacionales.

Luces y sombras: una mirada crítica a la izquierda y la derecha en América Latina

La izquierda ha cometido errores graves. También enfrenta críticas por liderazgos personalistas, centralismo y cierta desconexión con algunos sectores. Sin embargo, no puede reducirse a sus fallas: durante los gobiernos de Lula en Brasil, Bachelet en Chile o el Frente Amplio en Uruguay, se lograron avances sociales significativos, como la reducción de la pobreza, la ampliación de derechos y programas de inclusión que transformaron vidas.

Estas experiencias muestran la diversidad de la izquierda, que va desde corrientes socialdemócratas hasta feministas, ecologistas e indígenas. Reducirla al chavismo venezolano es una distorsión que busca cerrar el debate. Negar su derecho a gobernar por errores propios, mientras se perdonan los abusos de la derecha, es injusto.

La derecha, por su parte, también carga con un historial de violaciones a derechos humanos y represiones recientes en protestas sociales. Ha protagonizado escándalos de corrupción y ha mantenido alianzas con élites económicas para promover políticas que profundizan desigualdades. Rara vez impulsa reformas redistributivas o sociales, prefiriendo un modelo económico centrado en el mercado y defendido bajo la supuesta “racionalidad económica”.

El juicio político hacia la izquierda es más duro y emocional, mientras los errores de la derecha suelen ser minimizados o justificados. Este doble estándar es parte de la maquinaria que estigmatiza a la izquierda y dificulta un debate político honesto y plural.

Lo que cuesta imaginar otra política

Demonizar a la izquierda no es solo rechazar una ideología, sino bloquear cualquier alternativa al modelo actual, que en América Latina perpetúa la desigualdad y la exclusión. Nos enseñaron a temer el cambio y a asociarlo con el caos, pero tal vez el verdadero riesgo sea que todo siga igual. Romper con esos miedos y prejuicios es clave para abrir un debate honesto sobre el futuro que queremos construir. Imaginar otra política no solo es posible: es necesario.

Que la insulten por defender que nadie duerma en la calle, que la sanidad sea pública o que los ricos paguen más impuestos no dice tanto de usted como del sistema que tolera esas desigualdades. La próxima vez que la llamen “roja de mierda”, sonría, porque quizá solo esté señalando lo que otros no se atreven a mirar.

Deja un comentario

Volver

Se ha enviado tu mensaje

Designed with WordPress.