
Cuando era pequeña vinieron a mi colegio unos profesores de intercambio originarios de México, recuerdo como nos contaban historias mitológicas de su país como el culto al maíz o animales mágicos, pero mi favorita era la de un jefe mexicano que perturbado por la luz de la luna le lanzó un conejo para intentar taparla. El conejo no consiguió tapar la luna llena que cuya luz tanto le molestaba, pero yo puedo ver las orejas del conejo siempre que la miro.
Hoy he descubierto que la historia del conejo en la luna es una antigua leyenda mexicana en la que Quetzalcóatl, uno de sus dioses más importantes, bajó a la Tierra en forma humana y caminó durante días hasta que se sintió cansado y hambriento. Se sentó al borde del camino, y un conejo que estaba cerca le ofreció su compañía. Al ver que el hombre no tenía comida, el conejo —con gran generosidad— se ofreció a sí mismo como alimento.
Quetzalcóatl, conmovido por el gesto del pequeño animal, no se lo comió, sino que lo tomó en sus brazos, lo elevó muy alto y lo estampó en la luna, diciéndole:
“Puede que seas solo un conejo, pero a partir de ahora todos verán tu figura en la luna y recordarán tu bondad.”
Y desde entonces, muchas personas dicen que al mirar la luna llena pueden ver la silueta del conejo. Yo entre ellas.
Pero mi versión no andaba lejos de la realidad ya que, en algunas versiones, como la que recuerdo, el conejo aparece en relación con un personaje que intenta tapar la luna con él, porque la luz lo perturba o lo confunde. Esa variación también existe y refuerza la idea de la conexión mítica entre el conejo y la luna, muy presente en la cosmovisión indígena mexicana, donde el maíz, los astros y los animales tenían un papel sagrado y simbólico.
Así que hoy me he dado cuenta, mientras miraba la luna casi llena que luce brillante esta noche que cuando veo las orejas del conejo en la luna, estoy viendo una historia ancestral que ha viajado a través del tiempo… y que llevo conmigo desde niña.
Ahora me planteo si soy la molesta luz de luna o el conejo con el que intentaron taparla, o quizá soy las dos, porque si alguien es capaz de tapar mi brillo mejor que nadie soy yo misma.
A veces pienso que nunca va a llegar la calma, que estoy hecha de tantos pedazos como estrellas observo en el firmamento una noche oscura de verano, donde veo la Osa Mayor o Casiopea…Quizá solo tenga que encontrar un patrón en este caos que es mi interior, que me hace llorar por la belleza de un recuerdo y más aún por resolver, por fin, el misterio que ha encerrado durante más de treinta años. Saber que tus recuerdos son certezas que te han hecho sonreír o llorar, de alegría o de dolor, es curativo. Al menos sabes que no estás loca.
Hoy decido quedarme con la historia del bondadoso conejo y el poderoso Quetzalcóatl que, sorprendido por la generosidad del pequeño animal, decidió regalarnos un símbolo para recordarnos que hasta el gesto más humilde puede iluminar el cielo y dejar huella en la eternidad.
Hoy decido ser el conejo. Hoy decido ser Quetzalcóatl
Por Bruma Vega




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