Gervasio Sánchez

13–19 minutos

·

·

“Yo sigo creyendo en el periodismo, no he tirado la toalla, pero no basta con tener esperanza; hay que cambiar las cosas.”

El periodista insta a que la ciudadanía exija a los medios dejen de mamonear con el poder político y económico y dejen de actuar según los intereses de sus dueños.

Hace unos meses tuvimos el privilegio de conversar con Gervasio Sánchez, uno de los fotoperiodistas más reconocidos de habla hispana, cuyo trabajo ha documentado con rigor y humanidad algunos de los conflictos más desgarradores de nuestra era. Desde los Balcanes hasta América Latina, pasando por África y Oriente Medio, sus imágenes no solo han capturado la crudeza de la guerra, sino también la resiliencia del ser humano en medio del caos. Ha sido galardonado con premios como el Premio Nacional de Fotografía en España (2009) y ha publicado obras icónicas como “Vidas Minadas” y “Desaparecidos”, que combinan imagen y texto en una narrativa profundamente conmovedora.

¿Cuál cree que es la función del periodista?

La función del periodista, o fotoperiodista, es intentar que la población esté mejor informada, sea más crítica con los poderes fácticos de un país, es decir, el poder político, el poder económico y el poder financiero, e incluso el mediático. La población con un nivel de autocrítica y crítica política mayor es menos manipulable, porque yo creo que una sociedad sin buen periodismo, y la española no lo tiene, en general está condenada al fracaso y a la manipulación. Es mucho más fácil manipular a una sociedad sin buen periodismo que a una más crítica.

“Incluso en épocas prósperas, se callaron casos de corrupción, terrorismo de Estado y escándalos como los del Rey Emérito. La autocensura ya estaba presente porque los intereses económicos dominaban.”

¿A qué cree que se debe este cambio en la profesión?

A principios de los 90, cuando los medios ganaban mucho dinero, ya las condiciones eran igual de cutres. Lo mismo pasa con la idea de que antes se hacía buen periodismo en España; nunca fue realmente de alto nivel. Hubo un momento de frescura tras la muerte de Franco, con el nacimiento o renovación de medios como El País y La Vanguardia. Pero desde mediados de la década, los medios empezaron a mezclarse con grandes empresas, bancos y gobiernos, lo que trajo autocensura: sabías qué podías tocar y cómo, y lo que no, ni se mencionaba.

No es algo reciente. Incluso en épocas prósperas, se callaron casos de corrupción, terrorismo de Estado y escándalos como los del Rey Emérito. La autocensura ya estaba presente porque los intereses económicos dominaban. Hoy los medios están más atrapados por esos intereses, pero no hay que mitificar el pasado: también fue vergonzoso.

Ruinas de la biblioteca de Sarajevo. Gervasio Sánchez (1993)

Con todo esto que comenta, ¿dónde queda la libertad de prensa en este país?

En España hay periodistas que se la han jugado, perdiendo su trabajo por ser críticos. Algunos han optado por el freelance para no estar bajo la influencia del poder. Otros han rechazado ascensos para no traicionar sus principios, aunque la mayoría se ha acomodado al poder. No los critico: entiendo que alguien con años en un medio, familia y facturas que pagar no puede arriesgarse tanto. Es difícil criticar a quien favorece a tu medio. Y esto no se salva nadie, que quede claro.

“Este sistema funciona porque se combina con la pasividad o cobardía de muchas redacciones, a pesar de que la mayoría son profesionales honestos.”

Solo hay que ver la hemeroteca: de la corrupción del PSOE en los 80 o el GAL, no hay nada en El País; eso lo encuentras en Diario16. Con Aznar pasó igual: El Mundo, que nació para criticar a Felipe González, lo hizo muy bien al principio, pero cuando llegó Aznar, se rindieron. Esto ha sido generalizado.

¿Qué cree que hace falta para que no cedamos ante el poder, para no corrompernos como periodistas?

La mayoría de los periodistas en España son personas decentes que intentan hacer bien su trabajo. Sin embargo, siempre hay un grupo de individuos dispuestos a hacer el trabajo sucio para ascender o ganar más dinero, y las empresas los colocan en puestos clave para controlar a los demás. Por ejemplo, si hay una orden de no criticar a cierto banco o empresa que aporta millones en publicidad, estos personajes actúan como supervisores, incluso solo con su presencia.

Este sistema funciona porque se combina con la pasividad o cobardía de muchas redacciones, a pesar de que la mayoría son profesionales honestos. El problema es esa minoría instrumentalizada que está dispuesta a cualquier cosa, como ocurre en cualquier otro gremio.

Basándonos en su extensa obra parece que su intención siempre ha sido dar voz o testimonio de las víctimas, ¿Cree que actualmente se ha perdido esa sensibilidad?

La prensa cubre muy mal las guerras y casi nunca las postguerras. Muchos periódicos españoles ya ni tienen sección de Internacional, y los que la tienen solo mantienen corresponsales en grandes ciudades como Londres, Nueva York, Washington, Roma, Berlín, Bruselas, y a veces Rabat. El resto del mundo está olvidado, y trabajan con freelance muy mal pagados.

“Las guerras se cubren más por iniciativa de periodistas valientes que por un esfuerzo real de los medios, pero eso depende de la financiación, que casi nunca llega.”

Las guerras se cubren más por iniciativa de periodistas valientes que por un esfuerzo real de los medios, pero eso depende de la financiación, que casi nunca llega. Cuando el conflicto acaba, los medios se olvidan. La guerra no termina con la firma de la paz, sus consecuencias persisten décadas, y las víctimas siguen siéndolo mucho tiempo después. Olvidar eso es una falta de respeto hacia ellas, especialmente por parte de los medios, y en particular de los españoles.

Teniendo en cuenta todo esto que nos comenta, ¿Cree que hay futuro en el periodismo, sobre todo en lo que a zona de conflicto se refiere?

No es un problema de un tipo específico de periodismo; es algo más endémico a la profesión. Algunos medios tratan bien a sus corresponsales, pero muy mal a los colaboradores, y esto no es nuevo. Además, la cobertura de conflictos sigue una agenda muy política.

“Yo sigo creyendo en el periodismo, no he tirado la toalla, pero no basta con tener esperanza; hay que cambiar las cosas.”

Por ejemplo, en 2021 Afganistán estuvo de moda, con críticas contra los talibanes durante dos semanas, y luego se olvidó. Lo mismo pasó con Ucrania: entre 2014 y 2022 nadie hablaba del conflicto, pero de pronto se volvió relevante por intereses políticos y económicos. Mientras tanto, en Sudán o el Cuerno de África, donde la gente muere de hambre, no hay cobertura. Si nos enteramos de algo es porque dos periodistas españoles van con financiación extranjera, usualmente anglosajona, alemana o francesa. Aquí, trabajar en estos temas significa hacerlo gratis o con tarifas vergonzosas.

Yo sigo creyendo en el periodismo, no he tirado la toalla, pero no basta con tener esperanza; hay que cambiar las cosas. Hay que exigir que los medios dejen de mamonear con el poder político y económico y dejen de actuar según los intereses de sus dueños.

A veces nos encontramos en el caso de tener una buena historia, un buen reportaje, pero ningún medio lo quiere, ¿Por qué ya no interesa comprar este tipo de reportajes?

Puedes tener una gran historia, pero no hay espacio en los medios. Por ejemplo, en el dominical de El País las publicidades imponen muchas limitaciones. No quieren que sus anuncios aparezcan junto a temas duros. Dejé de trabajar allí porque no entendían mi manera de hacer las cosas: yo escribo y hago fotografía, pero ellos querían mandar a un periodista y a un fotógrafo. Me di cuenta de que eran excusas para evitar temas que incomodasen a las marcas de coches de lujo que se anuncian allí.

Un reportaje sobre la República Democrática del Congo no interesa, aunque lleve 50 años en guerra. Ni siquiera la guerra del coltán, la más sanguinaria desde la Segunda Guerra Mundial, logra venderse.

Hace algo más de diez años nos narró la historia de los traductores que trabajaron mano a mano con nuestros militares en las zonas más calientes del conflicto afgano y el trato que recibieron. ¿Cree que las administraciones se lavan las manos teniendo en cuenta que estos arriesgan su vida, y la de sus familias, por ayudarnos?

El problema con el traductor no fue solo la administración; fueron también los periodistas que trabajaron con él y se hicieron los desentendidos. Este traductor fue maltratado por los servicios de inteligencia españoles, estuvo diez meses encarcelado sin pruebas, pero lo peor fue que mis compañeros, que le conocían y habían trabajado con él, no movieron un dedo para ayudarle. Podían haber presionado o hablado con sus directores, pero miraron por sus propios intereses.

“Siempre he luchado por los principios del periodismo, incluso si me cuesta caro.”

A mí me advirtieron que ‘me la estaba jugando’, pero no iba a permitir que una persona fuera maltratada. Esto perjudicó mi trayectoria y dañó relaciones con colegas, pero no me arrepiento. El traductor tenía contratos legítimos con el Ejército Español y obtuvo beneficios por su trabajo, algo que el CNI tergiversó. Mis compañeros sabían esto y aun así creyeron las mentiras del CNI.

Siempre he luchado por los principios del periodismo, incluso si me cuesta caro. Ahora, algunos me critican por defender a Pablo González, acusado de espionaje en Polonia, diciendo que protegí a un espía, pero las informaciones actuales no existían cuando le defendí. No me callo ni busco evitar problemas, porque quiero ser honesto y actuar por ideales, no por interés personal.

¿Cuál es el peaje emocional que le deja todo esto?

El peaje emocional de trabajar en la guerra es darte cuenta de que no hay solución, de que la guerra nunca va a acabar. Ya hay evidencias de que hace 15,000 años los seres humanos mataban a otros, lo que demuestra que la violencia está en nuestra naturaleza desde el Paleolítico. Las guerras las hacen personas como tú o como yo, no gente loca. En la guerra, muy pocos matan por no matar, la mayoría lo hace para sobrevivir, y yo mismo lo habría hecho. He visto a personas matar a sus propios familiares, amigos y vecinos.

He cubierto situaciones extremas como el exilio de los hutus en Ruanda, la epidemia de ébola en el Congo en 1995, y he estado en lugares como Somalia, Sudán y Burundi, donde la gente moría en los campos de refugiados. Lo más difícil es entender que la guerra sigue porque es un gran negocio, y eso es lo que hace más difícil mantener la cordura.

¿Quiénes son los culpables de que la rueda de este negocio no deje de girar?

Desde el primer momento, la guerra es un negocio, y la gente se pregunta ‘¿quiénes son esos responsables?’. Pues son tus vecinos, los banqueros, los empresarios que fabrican armas, y los gobernantes que aprueban contratos de armamento, sin importar el partido al que pertenezcan. Un claro ejemplo es España: en los años 80, durante el gobierno de Felipe González, se vendían armas a Irán con documentos falsificados. Con Aznar continuó, y con Zapatero, el ‘Apóstol de la No Violencia’, las ventas se sextuplicaron. Rajoy duplicó esa cifra, y Sánchez aumentó un 8% en su primer año. Incluso con Podemos en el poder, los contratos de armas fueron los más grandes de la historia. Nadie se salva de este ciclo. Cuando están en la oposición critican, pero al llegar al poder, incumplen sus promesas. Tanto el PP como el PSOE, a pesar de tener políticos decentes, siguen siendo corruptos y no hacen nada para cambiar las cosas. Cuando me dieron el premio Ortega y Gasset en 2008, hice un discurso criticando esta situación, y algunas diputadas del PSOE me felicitaron, pero les dije que lo que deberían hacer es llamar al presidente Zapatero y expresar su vergüenza por pertenecer a un partido que sigue aumentando la venta de armas españolas.

Gran parte de la responsabilidad en la eliminación de las minas antipersona recae en nuestras instituciones. ¿Cree que su obra Vidas Minadas no tiene fecha de finalización?

Sofia Elface Fumo. Gervasio Sánchez (1997)

Las minas antipersona fueron prohibidas con el Tratado de Ottawa en 1997, firmado por todos los países de la Unión Europea, incluida España. Sin embargo, la razón principal no fue humanitaria, sino económica. China e India producían minas tan baratas que era imposible competir con ellos. Por eso, países como España, Bélgica, Francia, Alemania e Italia, que eran grandes exportadores de minas, dejaron de fabricarlas. Aunque 160 países firmaron el tratado, no todos lo cumplen: Ucrania sigue usando minas, y países como EE. UU., Rusia, China e India no lo han firmado. El tratado obliga a los países productores a ayudar a las víctimas, pero ese compromiso se olvida con frecuencia. A pesar de ser uno de los mayores fabricantes de minas, EE. UU. dona más dinero al fondo de Naciones Unidas para el desminado y la ayuda a las víctimas que toda la Unión Europea.

No le voy a preguntar cuantas veces ha temido por su vida, pero ¿Cuál ha sido la que más le ha marcado?

He estado en 26 conflictos armados, y en mi profesión hay mucha gente que se dedica a contar historias sensacionalistas, pero yo no soy de esos. Muchos de mis mejores amigos murieron haciendo lo mismo que yo, y en ocasiones, casi muero yo también. El año que viene se cumplen 25 años de la muerte de Miguel Gil, con quien trabajé mucho en Kosovo. Un día me despedí de él y al siguiente lo vi en la morgue. También perdí a Juancho Rodríguez, quien fue asesinado en Panamá, y a Ricardo Ortega, que murió en Haití. David Beriain, a quien conocí desde que era un chiquillo, fue asesinado en Mali hace dos años. Muchos de mis colegas han muerto haciendo el mismo trabajo que yo, y ni siquiera entro en los casos de heridos o los que dejaron la profesión por estrés postraumático.

“Muchos de mis mejores amigos murieron haciendo lo mismo que yo, y en ocasiones, casi muero yo también.”

Este es un oficio complicado y peligroso, con grandes probabilidades de que algo te suceda, pero no me gusta hablar mucho de esto porque es parte de la intimidad del periodista. No hay que idealizar la profesión ni hablar solo de los peligros. Las preguntas clave son: ¿Para qué ir a una guerra? ¿De qué sirve ir? Estas son las preguntas que debemos hacernos, no solo centrarnos en los peligros de la guerra, porque está claro que habrá bombas, emboscadas, minas, ataques, y ahora hasta drones.

¿Qué cree de se debería enseñar a los estudiantes de periodismo?

Trabajar en la sección Local de un periódico puede ser tan peligroso como estar en un conflicto armado, ya que las restricciones y presiones dentro de las redacciones locales son intensas. Si hubiera dicho las mismas cosas en una sección local que he dicho en Internacional, mi carrera habría estado en peligro. Criticar a figuras políticas como Netanyahu o Putin es más fácil que atacar a entidades locales como un banco, lo que muestra el verdadero desafío del periodismo. Los periodistas no somos objetivos, sino subjetivos, porque todos tenemos nuestras propias ideas y antecedentes. La objetividad en el periodismo es un mito, y quienes la promueven están engañando al público.

El verdadero reto es preguntarse si estamos dispuestos a arriesgar nuestra carrera y bienestar por contar una historia. Como decano de una facultad de periodismo, cambiaría la enseñanza para distinguir entre periodismo y comunicación. El periodismo se trata de vigilar y exponer la verdad, mientras que la comunicación corporativa se centra en proteger los intereses de la empresa.

El periodismo exige una gran implicación y responsabilidad. Al igual que no permitiríamos que un médico nos maltrate, no debemos permitir que un periodista lo haga manipulando o mintiendo. El periodismo no es un trabajo de 8 horas, sino que es una vocación que comienza en la cuna y termina en la tumba.

Para terminar, ¿Merece la pena dedicarse a esta profesión?

Si volviese a nacer, seguiría siendo periodista, pero además de la misma manera. Nunca he sido periodista de plantilla ni he recibido un salario fijo como periodista; he trabajado como camarero, lo que es irónico al reflexionar sobre ello. Lo único que cambiaría sería que ciertas personas y medios me hubieran tratado con más respeto, tanto a mí como a mi trabajo. Hubiera preferido que, en lugar de aprovecharse de mis historias, me las hubieran valorado adecuadamente y no tener que pelear tanto por ellas. Por ejemplo, cuando regresé de Ruanda y Goma en 1994, tuve que discutir con el periódico para que reconocieran el trabajo realizado, ya que, si no lo hacía, no habrían valorado el esfuerzo ni me habrían pagado lo que correspondía. En mi primer trabajo con la SER, ni siquiera me pagaron el vuelo, lo tuve que costear de mi propio bolsillo.

“Si volviese a nacer, seguiría siendo periodista, pero además de la misma manera.”

Estas experiencias demuestran que las cosas podrían haberse hecho de una manera más justa y respetuosa.

Días después de hacer esta entrevista, el mundo cambió de forma drástica: Donald Trump regresó a la presidencia de Estados Unidos, el genocidio sobre Gaza se intensificó, Israel ha bombardeado Irán con el beneplácito de EE. UU. y la complicidad silenciosa de la Unión Europea. A esto se suma que Ucrania ha abandonado el Tratado de Ottawa, que prohíbe el uso de minas antipersona, y otros países parecen seguir el mismo camino.

En este contexto de retroceso humanitario, conflictos silenciados y complicidades políticas, las palabras de Gervasio Sánchez cobran aún más sentido y urgencia. Porque el periodismo que él defiende —el que incomoda, el que denuncia, el que no se rinde— no solo sigue siendo necesario, sino imprescindible. Su testimonio es un recordatorio de que contar la verdad puede costar caro, pero también es una forma de resistir.

Por Natalia Isidoro-Herrera









Deja un comentario

Volver

Se ha enviado tu mensaje

Designed with WordPress.