Por Manuela Moreno Salcedo
“Primero vinieron por los comunistas, y no hablé porque no era comunista.
Luego vinieron por los socialistas, y no hablé porque no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y no hablé porque no era judío.
Luego vinieron por mí, y ya no quedaba nadie que hablara por mí.”— Martin Niemöller
La primera entrevista que hice como estudiante de periodismo fue a un periodista colombiano que trabaja en entretenimiento. Me contó que había comenzado en noticias de actualidad, y que al principio se imaginaba especializándose en política. Pero después de ver tan de cerca cómo funciona la política —y el mundo—, se dio cuenta de que no quería tener nada que ver con eso.
Le pesaba cada noticia. Cada víctima de la violencia de los líderes de nuestro país y del mundo.
Lo entendí completamente. Siempre he sido muy sensible a la violencia estructural y a las injusticias sociales. Así que, en ese momento, mientras le hacía la entrevista, me convencí aún más de que no quería estudiar periodismo para cubrir política. No quería involucrarme con ese mundo violento.
Porque para hacer periodismo político hay que posicionarse. No necesariamente a favor de un partido, pero sí a favor de la verdad y los derechos humanos.
Hay que leer cosas incómodas —muchísimas—. Hay que abrir la mente, cuestionar lo que uno creía obvio. Destruir fronteras y estigmas. Mirar desde múltiples perspectivas, incluso cuando no las entendemos del todo.
Y yo… no estaba lista.
Sin embargo, hay algo que muchos no sabemos cuando empezamos a estudiar periodismo: evitar la política es imposible. Nos enseñan cómo funciona el mundo, quién manda, por qué, cómo… y, sobre todo, cómo eso nos afecta directamente, muchas veces sin que lo notemos.
Así que no logré evitar las noticias espantosas. Me tocó investigar, leer, aprender.
Y si antes de estudiar periodismo el dolor del mundo me tocaba el corazón, después del primer año, definitivamente me tocó el alma.
Entendí que el dolor de las víctimas también es mío. Que la injusticia no es algo lejano: es una responsabilidad colectiva.
Los líderes más poderosos del planeta toman decisiones —y sostienen sistemas violentos— financiados con nuestro dinero. Y, aun así, callamos.
Se aprovechan de que tenemos que trabajar, de que estamos atrapados en el sistema que ellos diseñan, para que no tengamos tiempo ni energía para cuestionarlos.
Así que hoy, yo le quiero decir algo: mójese.
Sí, tenemos que trabajar, sostener a nuestras familias, adaptarnos. Pero que eso no le tape los ojos.
Que no le haga mirar a otro lado.
La gente en el poder vive de lo que nosotros producimos, pero no responde a nuestras necesidades.
El sistema nos hizo olvidar el poder que tenemos como ciudadanía. Nos distrae. Nos hace creer que la lucha ya no sirve para nada.
Pero casi cada derecho que hoy damos por sentado fue conquistado gracias a luchas colectivas. Y muchas de esas luchas siguen, pero están estancadas. Porque, si no nos afecta directamente, no peleamos.
¿Y cuando nos afecte? ¿A quién vamos a esperar para que luche por nosotros?
Si no luchamos por cada niño y niña de este planeta, por cada persona inocente…
Si no entendemos lo que pasa, por qué pasa y cómo nuestros impuestos lo financian…
Después, no podremos decir que no sabíamos. No podremos alegar ignorancia. Seremos cómplices por omisión.
Porque cuando el silencio se impone sobre la indignación, cuando dejamos de mirar, de preguntar, de escribir, dejamos de ser parte de la solución.
Y ese es el mayor fracaso del periodismo —y de cualquier ciudadano—: normalizar el horror, acostumbrarse al dolor ajeno.
Yo ya no quiero vivir de espaldas al mundo. No quiero protegerme más del sufrimiento con la excusa de la neutralidad.
La neutralidad, muchas veces, es el disfraz del privilegio.
El periodismo, si quiere tener sentido, tiene que incomodar. Tiene que ser una grieta en el muro del poder. Tiene que amplificar las voces silenciadas. Tiene que estar dispuesto a doler.
Así que sí: hacer periodismo es, inevitablemente, hacer política. Pero no la política partidista que divide, sino la política del compromiso humano. La política de mirar de frente al dolor y decir: “esto no puede seguir pasando”.
Y contarlo.
Una y otra vez.
Hasta que cambie algo. Hasta que cambiemos algo.




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