Mujeres que cambiaron la historia de la música y el feminismo

Por Natalia Isidoro-Herrera
El poder transformador de la música en manos de mujeres
A lo largo de la historia, la música ha sido mucho más que arte: ha sido una poderosa herramienta de expresión, protesta y visibilidad. Para muchas mujeres, cantar, componer o interpretar no solo significó un acto artístico, sino un acto político. En un mundo donde sus voces han sido silenciadas, subestimadas o encasilladas, la música les ha permitido romper barreras, desafiar estereotipos y reclamar espacios históricamente negados.
Desde los himnos del sufragismo hasta los versos combativos del punk feminista, la música ha acompañado y fortalecido los movimientos por los derechos de las mujeres. Ha sido altavoz de denuncias, refugio de identidades diversas y motor de transformación social. Las artistas que decidieron alzar su voz lo hicieron no solo por ellas mismas, sino por generaciones enteras.
Este artículo rinde homenaje a aquellas mujeres que, a través de la música, han cambiado la historia del feminismo. Mujeres que no solo hicieron historia en la industria, sino que la reescribieron desde su propia voz.
Las silenciadas de la historia: hermanas, esposas y genias invisibles
La historia de la música occidental está plagada de nombres masculinos que ocupan los grandes titulares, mientras muchas mujeres talentosas quedaron relegadas al olvido, cuando no directamente silenciadas. Fueron hermanas, esposas, madres o musas, pero sobre todo fueron creadoras cuya obra fue minimizada, apropiada o simplemente ignorada por una industria y una sociedad que no concebía el genio femenino fuera de los márgenes.
Nannerl Mozart, hermana mayor de Wolfgang Amadeus, fue una niña prodigio que compartió giras y aplausos junto a su hermano en la infancia. Sin embargo, al crecer, la tradición la confinó al rol doméstico, truncando una carrera prometedora. Fanny Mendelssohn, igual de brillante que su hermano Felix, compuso más de 400 obras, muchas de ellas publicadas bajo el nombre de él. Aún hoy, su legado lucha por salir de la sombra.

Clara Schumann fue una pianista virtuosa y compositora refinada, reconocida en su tiempo, pero muchas veces subordinada al genio de su esposo, Robert Schumann, y de su amigo Johannes Brahms. Alma Mahler, por su parte, fue disuadida por su marido, Gustav Mahler, de seguir componiendo, quedando marcada como musa y no como artista por derecho propio.
Otras, como Louise Farrenc, lograron posiciones impensables para una mujer en el siglo XIX —como profesora en el Conservatorio de París—, pero su música desapareció de las salas de concierto tras su muerte. Y en contextos aún más hostiles, Florence Price se convirtió en la primera mujer afroamericana en tener una sinfonía interpretada por una gran orquesta en EE. UU., aunque su nombre fue casi borrado de la historia oficial.
Hoy, compositoras contemporáneas como Kaija Saariaho, Sofia Gubaidulina, Tania León y muchas otras están no solo recuperando ese legado oculto, sino también ampliándolo, cuestionando cánones, desafiando estéticas tradicionales y, sobre todo, haciendo visible lo que durante siglos se negó: la genialidad femenina en la música.
Pioneras que abrieron camino
Más allá de las salas de conciertos y los pentagramas clásicos, hubo mujeres que, con voz, ritmo y actitud, revolucionaron la música popular desde sus raíces. Mujeres que rompieron moldes, desafiaron jerarquías y convirtieron su arte en resistencia.
Bessie Smith, conocida como la “Emperatriz del Blues”, fue una de las primeras grandes figuras negras en la industria musical. A través del blues cantó sobre pobreza, discriminación, amor y deseo con una crudeza y valentía inauditas para su tiempo. Su voz no solo emocionaba: confrontaba.
Sister Rosetta Tharpe, guitarrista virtuosa y cantante de góspel, fue una adelantada que fusionó música espiritual con una energía explosiva que anticipó el rock and roll. Su influencia fue fundamental para artistas como Elvis Presley, Chuck Berry y Johnny Cash, aunque rara vez se le reconoce como la auténtica madre del género.
Pocas saben que los orígenes del grunge también tienen nombre de mujer. Tina Bell, líder del grupo Bam Bam en los años 80, fue pionera del sonido que luego popularizarían bandas como Nirvana o Pearl Jam. Su contribución ha sido sistemáticamente ignorada en las narrativas oficiales del movimiento
En un contexto más reciente, Brandi Carlile ha marcado un hito dentro del country estadounidense al visibilizar su lesbianismo y abrazar un feminismo sincero, familiar y político. Su éxito en un género históricamente conservador no solo rompe barreras artísticas, sino también sociales y culturales.

Y ninguna lista estaría completa sin Nina Simone, pianista, cantante y compositora que usó su arte como arma política. Con canciones como Mississippi Goddam o Four Women, denunció la violencia racista y el machismo, convirtiéndose en un ícono de la lucha por los derechos civiles y del feminismo negro.
Los años 60–80: cuando la revolución fue también femenina
La segunda mitad del siglo XX fue un periodo de intensas transformaciones sociales: luchas por los derechos civiles, el auge de los movimientos feministas, protestas contra la guerra, nuevas formas de pensar la libertad. En ese contexto convulso, la música no solo acompañó los cambios: los impulsó. Y muchas de las voces más poderosas que emergieron entonces fueron de mujeres que hicieron de su arte un acto de rebeldía, empoderamiento y conciencia.
Aretha Franklin, con su voz inigualable y su presencia magnética, se convirtió en un símbolo de orgullo afroamericano y de poder femenino. Su versión del tema Respect, originalmente escrito por Otis Redding, se transformó en un himno de empoderamiento para las mujeres y en una bandera del feminismo negro. Franklin no solo exigía respeto: lo encarnaba.
Janis Joplin, con su estilo visceral y su entrega sin filtros, rompió con las convenciones de lo que se esperaba de una mujer en la escena del rock. Su voz rasgada, influenciada por el blues y el soul, canalizaba la rabia, la tristeza y la euforia de una generación en busca de libertad. Fue una figura trágica, sí, pero también una pionera del desgarro emocional como fuerza artística.

En el otro extremo del espectro sonoro, Joan Baez puso su voz al servicio del pacifismo, los derechos humanos y la justicia social. Con su estilo folk sencillo pero poderoso, participó activamente en marchas por los derechos civiles, se opuso a la guerra de Vietnam y defendió causas de mujeres, migrantes y pueblos indígenas. Su música fue resistencia sin estridencias, pero con una claridad que caló profundo.
Y en medio del caos urbano y el desencanto post-hippie, Patti Smith emergió como una figura inclasificable. Poeta, performer, punk, su disco Horses (1975) redefinió los límites del rock. Con letras cargadas de crítica, espiritualidad y rebeldía, Smith fue una de las primeras en fundir lo literario con lo visceral, lo femenino con lo político, demostrando que la revolución también podía escribirse con guitarra eléctrica y poesía callejera.

El pop como plataforma política y cultural
Durante las décadas de los 80 y 90, el pop dejó de ser visto únicamente como entretenimiento superficial para convertirse en una plataforma poderosa desde la cual muchas artistas comenzaron a hablar —y gritar— sobre autonomía, deseo, rabia, identidad y poder. En ese escenario, las mujeres no solo dominaron las listas de éxitos: redefinieron lo que significaba ser mujer en la industria musical y en la cultura popular global.
Madonna fue una de las primeras en comprender el pop como un espacio de construcción identitaria y resistencia. Más allá de su impacto musical, se posicionó como un ícono de la autonomía femenina, apropiándose de su cuerpo, su imagen y su narrativa en una industria que tradicionalmente controlaba todo eso desde lo masculino. Su primera actuación en los MTV Video Music Awards en 1984 —cantando Like a Virgin vestida de novia, arrastrándose por el escenario y simulando toques sexuales— fue una declaración de principios: escandalosa para muchos, liberadora para otras, y absolutamente inolvidable para la cultura pop. Desde entonces, Madonna hizo de la provocación una herramienta de poder y de la controversia, una forma de cuestionar lo establecido.
Rompió tabúes sobre sexualidad, religión y feminidad, generando críticas, pero también debates cruciales sobre el lugar de la mujer en el mundo del espectáculo. En cada reinvención, reafirmó su control sobre su arte, su cuerpo y su mensaje.

Björk, desde Islandia, llegó para dinamitar las categorías del pop convencional. Su obra —una fusión de electrónica, naturaleza, voz, tecnología y performance— desafía cualquier etiqueta. A lo largo de su carrera, ha defendido la independencia artística, denunciado el machismo en la industria y reivindicado la sensibilidad femenina como fuerza creativa radical. No solo canta: construye universos sonoros donde lo femenino es sinónimo de complejidad, fuerza e innovación.
Alanis Morissette, con su emblemático álbum Jagged Little Pill (1995), marcó un antes y un después en la representación emocional de las mujeres en la música. Su tono confesional, crudo y sin filtros dio voz a una generación que necesitaba hablar de dolor, rabia, deseo y contradicción sin pedir disculpas. Alanis no solo escribió canciones: abrió puertas.
Por su parte, grupos como TLC y Salt-N-Pepa desafiaron al machismo desde dentro del R&B y el hip hop. Hablaron sin tapujos sobre sexualidad, placer, respeto, violencia de género y autoestima femenina, en géneros donde esas temáticas habían sido dominadas por la mirada masculina. Su estilo atrevido y su mensaje directo hicieron de su música un acto de empoderamiento, sobre todo para mujeres jóvenes negras, latinas y de clase trabajadora.
Feminismo y música en España: desde las folclóricas hasta la nueva ola
La historia del feminismo en la música española no puede entenderse sin atender a su complejidad, sus contradicciones y sus transformaciones a lo largo del tiempo. Desde las folclóricas que desafiaron normas sociales desde dentro del sistema, hasta las nuevas generaciones que abordan el feminismo de forma explícita, la música ha sido una vía esencial para expresar, resistir y construir una identidad femenina diversa y combativa.
Las folclóricas: fuerza, carácter y transgresión
Aunque muchas veces no se las identifique directamente con el feminismo, las grandes folclóricas españolas fueron, en su contexto, figuras profundamente transgresoras. Concha Piquer, Lola Flores, Rocío Jurado, Marifé de Triana o Carmen Amaya representaron un modelo de mujer fuerte, con carácter, que se plantaba ante la vida con determinación y voz propia. Desafiaron los límites impuestos por una sociedad patriarcal, a menudo conservadora, utilizando los códigos del espectáculo para proyectar poder, dolor, deseo y dignidad.

Lola Flores, por ejemplo, encarnó una feminidad que no pedía permiso, que hablaba con desparpajo y se movía con una libertad que inspiraba respeto. Su carisma arrollador era tal, que incluso se le atribuye una célebre frase de la prensa estadounidense —aunque no haya constancia real de su publicación—:
“No canta, no baila, pero no se la pierdan.”
Aunque el New York Times nunca llegó a escribir esas palabras, la expresión ha perdurado como una especie de mito popular que resume a la perfección el magnetismo inexplicable de La Faraona. No importaban las clasificaciones técnicas: verla en el escenario era una experiencia emocional y cultural imposible de ignorar.
Carmen Amaya, bailaora y cantaora, rompió moldes no solo por su arte sino por ocupar un espacio reservado casi exclusivamente a los hombres. Y Rocío Jurado, con su potencia vocal y emocional, dio forma a canciones que hablaban del amor y el deseo, pero también del sufrimiento, el orgullo y la resistencia. Además de su talento vocal descomunal, desarrolló una habilidad sutil para desafiar los límites impuestos por la censura franquista. Con vestidos de transparencias cuidadosamente diseñadas, escotes que bordeaban lo permitido y letras cargadas de ambigüedad, supo jugar con los márgenes de lo normativo sin ser censurada, convirtiéndose en una maestra del arte de la insinuación en tiempos de represión.

Más allá de los escenarios, muchas de estas mujeres cultivaron entre ellas la amistad, el apoyo mutuo y la complicidad como una forma silenciosa pero poderosa de sororidad. Se defendían públicamente, se admiraban sin disimulo y creaban redes de afecto en un entorno competitivo y masculino. La conexión entre artistas como Rocío Jurado y Lola Flores, o entre Marifé de Triana y otras compañeras de la copla, revela una hermandad que desbordaba lo profesional y que sentó las bases de una identidad femenina colectiva en la música popular española. En sus gestos, en su lealtad y en sus afectos, también hubo feminismo.
Estas mujeres construyeron arquetipos culturales que, con el tiempo, se convirtieron en referentes. Su legado no siempre fue explícitamente político, pero fue profundamente simbólico: representaron a mujeres complejas, contradictorias y auténticas, en una época que prefería figuras sumisas y decorativas.
La transición y la música contemporánea
Con la llegada de la democracia, la música española vivió una apertura que permitió el surgimiento de voces femeninas más disidentes, críticas y experimentales. Cecilia, con su lírica poética y su mirada feminista sutil, fue pionera en hablar de independencia, maternidad no idealizada o el conflicto de ser mujer en una sociedad en cambio. Vainica Doble, dúo inclasificable, abordó desde el humor y la ternura temas de enorme profundidad social y emocional.

La movida madrileña trajo figuras como Alaska, que desafió los géneros musicales y los de género, convirtiéndose en un ícono queer y feminista desde la irreverencia. Más adelante, Martirio reinterpretó la copla desde una sensibilidad moderna y crítica, mientras Christina Rosenvinge fue ganando voz propia dentro del rock alternativo, pasando de ser “la chica de” a convertirse en una de las autoras más respetadas del panorama musical.
Hoy, la escena es tan rica como diversa. Zahara ha hecho del feminismo y la vulnerabilidad una poética poderosa, especialmente en discos como Puta (2021), donde aborda el abuso, el deseo y la autoafirmación. Rigoberta Bandini ha hecho vibrar a toda una generación con eslóganes-pop como “Yo no sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas”. Rozalén lleva años defendiendo la inclusión, los derechos de las mujeres y la memoria histórica desde la canción de autor.
En géneros más urbanos, Mala Rodríguez abrió camino con una presencia feroz en el rap español, mientras artistas como La Zowi abordan desde el trap temas como el deseo, la autonomía corporal o la maternidad sin filtros.
Entre las voces más influyentes de la escena actual, Rosalía ha logrado posicionarse como una de las artistas más innovadoras y globales del panorama musical. Su fusión de flamenco con géneros urbanos como el trap, el reguetón o el R&B ha roto moldes y abierto debates sobre tradición, apropiación y reinvención cultural. Pero más allá de lo sonoro, su figura representa una forma de empoderamiento desde la autonomía creativa, el control sobre su imagen y la capacidad de tomar decisiones artísticas sin pedir permiso. Con discos como El mal querer (2018), inspirado en una historia de liberación femenina, o Motomami (2022), donde explora la complejidad de ser mujer en un mundo hipersexualizado y exigente, Rosalía ha desafiado los límites de género, lenguaje y estética. Su éxito internacional no solo marca una conquista individual, sino también un mensaje claro: las mujeres jóvenes pueden liderar la vanguardia sin sacrificar ni su identidad ni su voz.

Desde el flamenco, Rocío Márquez retoma lo tradicional para cuestionarlo y expandirlo, y Silvana Estrada, aunque mexicana, ha encontrado en el público español una gran acogida con su sensibilidad feminista y poética. Travis Birds, con su estilo inclasificable, suma también una voz nueva, sutil y potente en el panorama de la música feminista actual.
Este nuevo mapa sonoro es polifónico: no hay un único discurso feminista, sino muchos. La música hecha por mujeres en España hoy es urbana, folclórica, indie, electrónica, flamenca o experimental. Y en todas ellas hay un común denominador: la voluntad de contar la vida desde una perspectiva libre, propia y profundamente política.
Hip hop y R&B: del margen al centro del discurso feminista
Durante décadas, el hip hop y el R&B fueron géneros marcados por una fuerte presencia masculina, a menudo con discursos sexistas y narrativas donde la mujer aparecía como objeto más que como sujeto. Sin embargo, desde sus propios márgenes, muchas mujeres tomaron el micrófono para revertir el relato, cuestionar estereotipos y construir espacios de poder en los que ser mujer, negra, latina, pobre o deseante no implicara pedir permiso.
Queen Latifah fue una de las pioneras en abrir ese camino. En los años 90, con temas como U.N.I.T.Y., denunció la violencia de género, la discriminación y la misoginia en la propia escena del rap. Su mensaje, directo y consciente, convirtió al hip hop en un espacio legítimo para la denuncia feminista y social.
Lauryn Hill, con The Miseducation of Lauryn Hill (1998), creó una obra que entrelaza feminismo, espiritualidad, maternidad y negritud. Su música no solo rompió récords: abrió una conversación sobre lo que significa ser una mujer negra compleja, reflexiva y poderosa en un mundo que insiste en reducir identidades. Su figura sigue siendo un referente ético, estético y político.
En paralelo, Missy Elliott revolucionó el panorama del hip hop y el R&B con su enfoque creativo, atrevido y completamente innovador. Desde finales de los 90, redefinió lo que significaba ser una mujer en el rap: no solo desde lo lírico, sino también desde la producción, la estética visual y el baile. Con videoclips visionarios como Work It o Get Ur Freak On, marcó un antes y un después en la forma de concebir lo audiovisual en el género, inspirando a toda una generación de artistas posteriores. Su estilo rompía con los cánones tradicionales de feminidad y belleza, apostando por una imagen poderosa, libre y lúdica.
Más recientemente, artistas como Nicki Minaj, Cardi B y Megan Thee Stallion han llevado el empoderamiento femenino a otro nivel. Con una estética provocadora y letras que celebran el deseo, el éxito económico y la autonomía corporal, han desafiado las normas impuestas por la industria y por la moral social. Aunque generan controversia, su mensaje es claro: las mujeres pueden ser protagonistas, sexuales, ambiciosas y dueñas de su discurso sin pedir validación.
En esa misma línea, el reguetón feminista ha emergido como una corriente crítica dentro de un género históricamente dominado por el machismo. Artistas como Ms Nina y Villano Antillano han resignificado el lenguaje del reguetón para hablar de placer, libertad, diversidad sexual y empoderamiento desde una mirada feminista, queer y anticolonial. Con letras explícitas, pero con una intención política clara, transforman el género en una plataforma de resistencia y gozo.
Hoy, tanto el hip hop como el reguetón son terrenos fértiles donde las mujeres no solo están presentes, sino que marcan el ritmo del cambio.
Feminismo contemporáneo en clave musical
En las últimas décadas, el feminismo ha dejado de ser un discurso marginal para convertirse en un eje central de la conversación cultural global. Y la música, como espejo de su tiempo, ha sido un terreno fértil para esta transformación. Lo que antes eran gestos sutiles o luchas en solitario, hoy se expresa en giras masivas, discursos virales, letras explícitas y estructuras colaborativas que apuestan por el cambio.
Beyoncé ha sido una de las figuras clave en esta transición hacia un feminismo mainstream, accesible y globalizado. Desde su actuación en los MTV Video Music Awards con la palabra FEMINIST proyectada en grande, hasta su álbum Lemonade (2016), en el que habla de traición, negritud, maternidad y resiliencia femenina, Beyoncé ha reivindicado una narrativa de poder desde la experiencia afroamericana y femenina, con una enorme capacidad de impacto cultural y comercial.

Billie Eilish, en cambio, se ha convertido en una referencia para una nueva generación que rechaza los estereotipos de género, sexualización y perfección. Con su estética oversize, sus letras introspectivas y su actitud crítica hacia la exposición mediática, ha demostrado que es posible tener éxito sin ajustarse a los moldes clásicos de “la chica pop”. Su figura representa una forma de empoderamiento desde la autenticidad, la vulnerabilidad y la negación a ser encasillada.
Además de las figuras individuales, han surgido colectivos y movimientos feministas en la música que buscan no solo visibilizar problemáticas, sino construir redes de apoyo y modelos alternativos. Iniciativas como Ruidosa, SheSaid.so, MIM (Mujeres en la Industria de la Música) o proyectos autogestionados de artistas queer, racializadas y disidentes han permitido articular un feminismo más interseccional, colectivo y estructural. La música ya no solo se escucha: se organiza.
La industria musical también es política
El feminismo en la música no se limita al escenario. También interpela a la estructura que lo sostiene: la industria. Porque detrás de cada artista hay un entramado de productores, managers, ejecutivos, programadores y jurados en los que, históricamente, la representación femenina ha sido mínima.
La brecha salarial entre hombres y mujeres en la música sigue siendo alarmante, especialmente en cargos de producción, ingeniería de sonido o dirección artística, donde los hombres dominan de forma abrumadora. Las mujeres siguen estando subrepresentadas en los carteles de festivales, en los premios, en las listas de reproducción y en los puestos de toma de decisiones.
A esto se suman los numerosos casos de abuso, acoso y violencia que han salido a la luz en los últimos años, muchos gracias al impulso del movimiento #MeToo y sus equivalentes en distintos países. Denuncias públicas contra productores, managers o artistas han revelado la precariedad y la desprotección con la que muchas mujeres —sobre todo jóvenes— han tenido que navegar la industria.
Sin embargo, también hay avances importantes: desde cuotas de género en festivales, hasta espacios de formación y mentoría para mujeres y personas no binarias en producción musical. Algunos sellos, colectivos y plataformas están apostando por políticas de inclusión real, no solo simbólica. El feminismo, así, no solo transforma lo que suena: transforma también quién tiene el poder de decidir qué suena.
La lucha sigue, pero con banda sonora propia
La música ha sido y sigue siendo un motor esencial y un altavoz poderoso para el feminismo. Desde las pioneras ocultas que enfrentaron silencios y barreras invisibles, hasta las estrellas contemporáneas que reinvierten y expanden esas luchas, la historia musical femenina es un relato de resistencia, creatividad y transformación constante.
Este recorrido muestra cómo, a través de diferentes géneros, épocas y contextos, las mujeres han encontrado en la música un espacio para reclamar autonomía, cuestionar estructuras y visibilizar identidades diversas. Más que un simple entretenimiento, escuchar estas voces es un acto político y cultural fundamental, que invita a repensar no solo quiénes hacen música, sino cómo esa música puede cambiar el mundo.
La lucha por la igualdad y la representación sigue, pero ahora con una banda sonora propia: una mezcla de tradición, innovación, fuerza y sororidad que nos inspira a seguir adelante.




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