‘Lo primero que debes hacer en el periodismo es quitarte la etiqueta de ‘la historia es mía’; las historias pertenecen a sus protagonistas’

Por Natalia Isidoro-Herrera
Es una mañana lluviosa, Madrid bulle con su ritmo habitual: coches que salpican los charcos, transeúntes apurando el paso bajo sus paraguas y el murmullo incesante de una ciudad que nunca se detiene. Entre todo ese ajetreo, pasa casi desapercibido con su parka impermeable y la capucha calzada hasta la nariz. Debajo de ella asoman sus gafas de pasta y saluda con una sonrisa. Nos metemos en una pequeña cafetería del centro, un refugio cálido ante la lluvia. Mientras le coloco el micrófono, él pide educadamente un café americano al camarero.
Caiga Quien Caiga marcó un punto importante en su carrera. ¿Qué significó para usted ser parte de ese programa y cómo influyó en su estilo como periodista?
La suerte es un factor clave en la vida, y en el periodismo, aún más. Entré en Caiga Quien Caiga por casualidad, sin haber planeado hacer televisión ni mudarme a Madrid. Mi objetivo era una vida tranquila en Galicia. Supe que buscaban periodistas, pero no me presenté. Cuando el tiempo apremiaba y aún necesitaban a alguien para política, una amiga me insistió, y el empujón final me lo dio quien hoy es mi mujer.
El lunes hice la prueba en Madrid, el viernes ya volaba a Argentina con traje y gafas. Descubrí que ese tipo de reporterismo me permitía ser yo mismo y conectar con la gente de manera natural. También entendí que, para destacar, el periodismo exige dedicación absoluta, pero me divertía y siempre buscaba el siguiente reto. La repercusión de mi trabajo fue lo que, en definitiva, despertó mi verdadera vocación.
¿Qué supuso para usted tomar el relevo de Jordi Évole en Salvados? ¿Cómo encontró su propia voz en un formato tan consolidado?
Fue otra inconsciencia, pero no podía dejar pasar ese tren. No pensé mucho en la repercusión hasta que, dos semanas después, quedé con Manu Bravo —amigo y compañero de profesión— y me dijo: “Tú estás loco, ¿cómo se te ocurre sustituir a Dios?”. Ahí sentí vértigo, porque entendí que al principio no me verían como Gonzo, sino como el sustituto de Jordi. Ir cagándola y aprendiendo me ayudó, y poco a poco dejé de ser “el sustituto” para convertirme en el presentador de Salvados. Nos consolidamos como equipo, con confianza y cuidado mutuo, y todo empezó a fluir. Hoy, al mirar atrás, sé que valió la pena. Estos años me han enseñado que lo importante es hacer tu trabajo, ignorar las opiniones externas y confiar en tu criterio. Ya no hago los programas de Jordi; hago los míos. Ahí hemos encontrado nuestro estilo: crónica televisiva.
¿Hay alguna entrevista o reportaje que marcase un antes y un después en su trayectoria?

Sin duda, el de mi colegio —Salvados, Temporada 17: Jesuitas 87—, fue un punto de inflexión importantísimo. Antes de esto, en Caiga Quien Caiga tuve que cubrir en Salamanca la cumbre latinoamericana, conseguí meterles el micro a todos los presidentes, pillé a la reina en un callejón, al rey…Recuerdo que el director del programa me dijo que le había metido en un lío porque tenía tanto material bueno mío que tenía que quitarle tiempo a otro. Ese día pensé: “Yo, que no quería hacer televisión, que llevo solo un año aquí y me acaban de decir que el mejor de este día del programa he sido yo”.
Volviendo a Jesuítas 87, ¿Qué le llevó a abrirse de esa manera ante el público?
Una mezcla de factores personales. El equipo llevaba mucho tiempo diciéndome que había que hacer este reportaje, pero lo iba retrasando. No me veía preparado porque al final yo vuelvo a Vigo, tengo amigos del colegio y era algo complicado para mí. En ese momento sentía que había tocado fondo, veníamos de a peor temporada de Salvados y el equipo necesitaba que yo diese un paso hacia delante, por ellos, por mí y por la relación entre ambos, así que un día les llamé y les dije: Vamos a hacerlo. Marcó un claro punto de inflexión para mí y para el programa, me ayudó con un principio básico del periodismo: toda historia puede ser contada, incluso la tuya.
¿Qué cree que es necesario para hacer ese tipo de periodismo tan personal y que llega a tocar de manera tan profunda a los telespectadores?
Este género es muy particular, hay que ser un poco artista. A mí me encanta la música y la literatura y un artista es alguien que se desnuda. No hay músico bueno que sea “normal” y la música es su forma de sentirse menos “diferente” por un momento. Eso es hacer arte a altos niveles. Este trabajo tiene algo de eso, o te desnudas un poco o al final eres alguien que cuenta una historia y ya está, cuando lo interesante es coger al espectador de la mano y meterle en ella.
¿Se has encontrado en situaciones donde su ética periodística haya sido puesta a prueba? ¿Cómo lo resolvió?
Credibilidad y deontología, no te queda otra. Nuestra profesión es muy particular, está basada en la confianza que otros ponen en ti, es como ser un cura o un médico. La gente confía en que les vas a contar la verdad de algo que les interesa, la base de eso es la ética que tu tengas. Hoy en día, lo feo, es que se paga por no tener ética, pero por muy corrupta que esté una sociedad siempre va a haber gente que espere que haya un periodista que cumpla con lo que se espera de él.
En su reportaje sobre el CSIC, se tratan temas fundamentales como el acoso laboral y sexual. No obstante, según afirma Lara Graña, periodista de El Faro de Vigo, ella ya había cubierto parte de esta historia y fue clave para que el asunto saliera a la luz pública. ¿Qué opina sobre la falta de reconocimiento hacia los periodistas de la prensa escrita cuando sus investigaciones son retomadas por programas televisivos como Salvados? ¿Por qué, por ejemplo, en este caso, no se mencionó su trabajo?
Lara Graña nunca tuvo una exclusiva ni destapó el caso. Cuando una mujer desaparece de un barco del CSIC en plena travesía, se activa un operativo de búsqueda, intervienen la Guardia Civil y un juzgado; no es información a la que acceda una sola periodista. Hablar de exclusiva en un suceso así es imposible. Nunca quise salir a desmentir lo que Lara dijo en El Faro de Vigo porque esto es mi trabajo y mi vida. En nuestro equipo tenemos periodistas de primer nivel, con una ética inquebrantable. La primera noticia la firmaron Lara y otro periodista de Valencia. De hecho, Ana María Pascual (Público) avanzó más en la investigación y no ha reclamado nada.
En marzo, un periodista con experiencia en temas judiciales se unió a nuestro equipo. Había seguido el caso desde la noche en la que ocurrió y cuando nos lo presentó lo aceptamos con la premisa de que, si la familia no hablaba, no seguiríamos adelante.
Lara Graña es una gran periodista del sector naval. Fue contactada por el abogado de la familia para que el caso no cayera en el olvido, pero no habló con los familiares. Fue nuestro programa quien reveló que Mari Carmen declaró al fiscal haber sido agredida sexualmente. Lara lo supo gracias a nosotros y, una semana después, nos acusó de pisarle la investigación. Lo rechazamos rotundamente: jamás nos apropiamos de historias ajenas.
‘Lo rechazamos rotundamente: jamás nos apropiamos de historias ajenas’
En El Faro hay gente que conoce la verdad y entendió lo que pasaba: si te sumas a una polémica con Salvados, el clickbait está asegurado. En el fondo, todo se reduce a que un periódico de mi ciudad y una periodista, también de mi ciudad, decidieron ganar dinero poniendo en duda el trabajo de 60 personas y de un programa con 15 años en antena.
Nuestro objetivo siempre ha sido dar voz a los familiares, en lugar de incluir a una periodista que no aportaba a la narrativa ni facilitaba ningún dato nuevo. ¿Informamos y entretenemos o quedamos bien con una compañera? Nosotros apostamos por lo primero. El corporativismo es uno de los males de esta profesión. El periodismo no va de apropiarse de historias, las historias son de sus protagonistas. Pero claro, ¿cómo nos defendemos si, por salir en televisión, cualquier respuesta se percibe como un ataque?
A día de hoy, el CSIC sigue sin responder. Y la periodista que más ha escrito sobre el caso, en lugar de aprovechar para presionarles ahora que el tema llegó a más público gracias a nosotros, ha cargado contra el programa.
Decir que no respetamos la prensa local es una generalización falsa basada en un caso que, además, no es real.
‘¿Informamos y entretenemos o quedamos bien con una compañera? Nosotros apostamos por lo primero. El corporativismo es uno de los males de esta profesión’
En su libro “Mis Fronteras” cuenta una evacuación de Gaza in extremis, ¿cuándo habla de lágrimas son de tristeza, rabia o alivio por salir justo antes de que desatasen el infierno?
No fue en ese momento exacto, en los momentos más tensos mantengo la calma. Yo acababa de ser padre por segunda vez y me encontraba entrevistando a un señor con sus once hijos detrás, cuando ya terminábamos. Al final de la entrevista le pregunté que cómo le gustaría que fuese la vida de sus hijos en Gaza y la respuesta que, por supuesto, escucharon todos sus hijos fue: “Si su vida va a ser como la mía lo mejor que les deseo es que se mueran pronto”.
Hasta que fui padre, cuando iba a estos viajes complicados, me daban pena los niños, desde que soy padre me dan pena las madres y los padres. Creo que no hay nada más deshumanizador que conseguir que un padre desee la muerte de sus hijos. Esa es una gran victoria de Israel. La familia para los palestinos es fundamental, eso es lo que me hizo llorar: la impotencia del padre, que vean que la vida es una mierda y darme cuenta hasta que punto la maldad se ha profesionalizado.
Después de contestar esta pregunta hace un breve parón y en los ojos se puede ver cómo rememora lo vivido y recién contado. Por un momento sus ojos perdieron brillo.
Le lanzo la última pregunta: ¿Podría contarme qué relación guarda Sudán del Sur con el Celta de Vigo?. La pregunta parece devolverle a la pequeña cafeteria y sus ojos vuelven a iluminarse. Se sonríe y su postura, cerrada como una concha, pasa a ser relajada. Me cuenta la historia entre risas:
“El Celta es mi equipo, bueno, más que un equipo. Cuando vas fuera y ven que eres español siempre te preguntan: “¿Del Madrid o del Barça?” Y yo siempre digo: Del Celta. Cuando fuimos a hacer el reportaje a Sudán del Sur estuvimos con los jefes de las dos etnias que estaban en guerra y cuando nos pusimos a hablar de fútbol con el jefe de la tribu Nuer terminaron cantando parte del himno del Celta, pero después, en un atardecer precioso con los de la tribu Dinka terminamos también cantando el himno. En el viaje de vuelta al hotel iba con Ramón Lobo, compañero periodista, en el coche y me dijo: “Hostia Gonzo, que al final la única opción de paz aquí sois tú y el Celta de Vigo, lo único que los ha unido en los últimos 100 años”.



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