Un repaso a los primeros meses del segundo mandato de Trump, entre decretos, confrontación y un poder cada vez más concentrado.
Por Manuela Moreno Salcedo
El 20 de enero de 2025, Donald J. Trump volvió a colocar su mano sobre la Biblia para jurar como presidente número 47 de Estados Unidos. No era un regreso cualquiera: cuatro años después de abandonar la Casa Blanca bajo la sombra del asalto al Capitolio y de múltiples investigaciones judiciales, regresaba fortalecido por un electorado que lo concibió como el único capaz de “restaurar el orden” y enfrentar a lo que él mismo llama “el pantano” de Washington.
Desde su primer día dejó claro que este segundo mandato sería distinto: firmó más de 25 órdenes ejecutivas en horas, declaró una “emergencia nacional” en la frontera sur y consolidó un estilo de gobierno basado en la confrontación y en la autoridad del Ejecutivo. En apenas seis meses, ha convertido la presidencia en lo que algunos llaman “presidencialismo absoluto”, un experimento de poder que divide al país entre quienes lo ven como un reformador implacable y quienes lo consideran una amenaza para la democracia.
Cien días, cien decretos: la era del presidencialismo absoluto
Los primeros meses del nuevo gobierno de Trump marcaron un récord en la historia política estadounidense: más de un centenar de órdenes ejecutivas en apenas cien días, y más de 160 en su primer semestre. Ningún presidente reciente había legislado tanto desde el Despacho Oval en tan poco tiempo.
Más que el contenido puntual de cada medida, lo que llamó la atención fue el método: una apuesta por gobernar casi exclusivamente desde el Ejecutivo, reduciendo al mínimo el papel del Congreso y el debate público. La presidencia se transformó en un centro de mando unilateral, capaz de redefinir políticas en inmigración, derechos civiles, medioambiente o comercio exterior sin pasar por los mecanismos tradicionales de deliberación.
Aquí asomaba la contradicción central de su populismo: mientras denunciaba al establishment por alejarse del pueblo, concentraba más poder que nunca en la figura presidencial y rodeaba su gabinete de magnates y empresarios con intereses propios. En la práctica, el discurso contra las élites convivía con un estilo de gobierno que reforzaba la desigualdad estructural del sistema.

Política interior: entre reformas rápidas y controversias profundas
En su primer semestre, Trump impulsó una agenda doméstica marcada por la rapidez y la polémica. Desde el inicio, se enfocó en desmantelar regulaciones heredadas de gobiernos anteriores, promoviendo un modelo que privilegia la iniciativa privada y reduce la intervención del Estado. En materia económica, su gobierno aprobó recortes fiscales dirigidos principalmente a grandes empresas, mientras los beneficios sociales para familias de bajos ingresos se mantuvieron estancados.
El mercado laboral mostró signos de dinamismo, pero el aumento del empleo se concentró en sectores tecnológicos y de servicios, dejando de lado a la industria manufacturera tradicional, que fue uno de sus pilares de campaña.
Paralelamente, en el ámbito de la salud, Trump buscó desmantelar el Affordable Care Act. Aunque no logró derogarlo por completo, sí eliminó la obligación individual y redujo fondos de apoyo, lo que debilitó la cobertura y generó incertidumbre para millones de estadounidenses.
En educación, se promovieron medidas para expandir la financiación de escuelas privadas mediante vouchers y reducir la supervisión federal sobre currículos, lo que ha abierto un debate sobre igualdad y calidad educativa. Estas iniciativas, combinadas con una comunicación directa en redes sociales y conferencias públicas, consolidan la narrativa de un gobierno decidido a reformar la vida cotidiana del país, aunque a un costo de divisiones crecientes en la sociedad.

Inmigración: medidas drásticas y fronteras en tensión
La política migratoria de Trump ha sido un eje central de su estrategia de gobierno. Desde el primer día, reafirmó su promesa de reforzar la frontera sur, declarando una “emergencia nacional” que permitió desviar fondos federales para la construcción de nuevas secciones del muro. Esta decisión desató críticas tanto de opositores políticos como de expertos en derecho constitucional, que cuestionaron la legalidad de la maniobra.
Se implementaron restricciones más severas para la entrada de solicitantes de asilo y se endurecieron las condiciones para la obtención de visas de trabajo. Programas como DACA (Deferred Action for Childhood Arrivals) volvieron a estar bajo amenaza, generando incertidumbre entre cientos de miles de jóvenes inmigrantes que habían sido protegidos por administraciones anteriores.

En paralelo, la administración incrementó las deportaciones y los controles en ciudades consideradas “santuarios” para migrantes, generando protestas y movilizaciones en distintas regiones del país. A diferencia de presidentes anteriores como Obama, que concentró la mayoría de las deportaciones en personas indocumentadas con antecedentes penales o que representaban un riesgo para la seguridad, Trump ha perseguido de manera más amplia a inmigrantes indocumentados en general. Su enfoque ha sido más agresivo, drástico y mediático, buscando un efecto inmediato y reforzando su narrativa de “mano dura” contra la inmigración.
Derechos civiles, diversidad e identidad de género: la guerra cultural en la administración Trump
El segundo gobierno del presidente republicano ha estado marcado por un enfoque explícito sobre cuestiones de derechos civiles y debates culturales, consolidando lo que muchos analistas llaman una “guerra cultural”. La administración ha impulsado políticas que afectan directamente a minorías raciales, religiosas y sexuales, así como a personas transgénero y no binarias.
En materia de diversidad, se han revisado y limitado programas de acción afirmativa y medidas de inclusión en agencias federales y universidades, generando críticas sobre retrocesos en la igualdad de oportunidades. En el ámbito de identidad de género, Trump ha promovido restricciones para personas trans en el ejército y en programas educativos, y ha respaldado decisiones judiciales que reducen protecciones para estudiantes trans en escuelas públicas.
Estos movimientos forman parte de una estrategia más amplia: usar políticas públicas como herramientas de confrontación cultural, reforzando la narrativa de que ciertos cambios sociales representan un desafío al orden. Las decisiones han provocado fuertes debates, movilizaciones y protestas, al mismo tiempo que consolidan la base de votantes que ven estas medidas como defensa de valores tradicionales.

En conjunto, la administración ha convertido los derechos civiles y la identidad de género en un campo de batalla político, donde las políticas rápidas y la exposición mediática buscan imponer un marco cultural específico, mientras amplían la polarización social.
Medioambiente y energía: retrocesos y apuesta por los combustibles fósiles
Trump ha acelerado el desmantelamiento de regulaciones ambientales heredadas de administraciones anteriores. La administración reafirmó su salida de acuerdos internacionales sobre cambio climático y ha promovido leyes que facilitan la explotación de combustibles fósiles, especialmente petróleo, gas y carbón, priorizando la independencia energética y la creación de empleos en sectores tradicionales.
Las políticas han reducido los estándares de emisiones para industrias clave y debilitado supervisiones sobre calidad del aire y agua, generando preocupación entre científicos, organizaciones ambientales y gobiernos locales. En paralelo, la administración ha minimizado las inversiones en energías renovables, considerando que representan una carga económica frente a la expansión del sector fósil.

Estas decisiones reflejan la filosofía de Trump: gobernar con rapidez, priorizando beneficios económicos inmediatos sobre compromisos ambientales, y confrontando a la comunidad científica y regulatoria. El impacto de estas políticas no solo afecta al medioambiente, sino también la posición internacional de Estados Unidos en materia climática, generando críticas y tensiones con aliados comprometidos con la transición energética.
Eficiencia administrativa y rol de Musk: la influencia privada en la gestión pública
Uno de los rasgos distintivos del segundo mandato de Trump ha sido la participación de figuras empresariales en la toma de decisiones gubernamentales.
Elon Musk, CEO de Tesla y SpaceX, ha desempeñado un papel visible, asesorando en políticas relacionadas con tecnología, energía y transporte. Su influencia se ha percibido en decisiones sobre regulaciones de vehículos eléctricos, exploración espacial y desarrollo de infraestructuras tecnológicas.
En términos administrativos, la Casa Blanca ha promovido una narrativa de “eficiencia”, intentando reducir burocracia y agilizar la implementación de políticas mediante decretos y nombramientos de perfiles empresariales en puestos clave. Sin embargo, críticos señalan que esta mezcla de intereses privados y gestión pública plantea riesgos de conflictos de interés y falta de supervisión, dado que la experiencia empresarial no siempre se traduce en gobernanza efectiva para el sector público.

El rol de Musk simboliza la estrategia de Trump de integrar a líderes del sector privado como aliados políticos, combinando velocidad decisional con visibilidad mediática. Esto también refleja su populismo: mientras dice que quiere deshacerse de la élite política tradicional porque “no representa al pueblo”, termina rodeándose de líderes completamente desconectados de la vida cotidiana de los estadounidenses. La apuesta busca proyectar un gobierno moderno y dinámico, aunque a menudo cuestionando límites éticos y normativos tradicionales, y evidencia la contradicción central de su estilo: confrontar al establishment mientras se apoya en nuevas élites para gobernar.
Tecnología y redes sociales: control, conflicto y desinformación
La relación de la administración Trump con la tecnología y las plataformas digitales ha sido marcada por la confrontación y la búsqueda de visibilidad. Desde antes de comenzar el mandato, el presidente ha utilizado redes sociales no solo como canal de comunicación directa con sus seguidores, sino como herramienta de presión política y mediática. Sus mensajes virales, a menudo polémicos, han generado debates sobre desinformación, libertad de expresión y responsabilidad de las plataformas.
Paralelamente, la Casa Blanca ha promovido regulaciones argumentando que las grandes plataformas censuran injustamente voces conservadoras, lo que ha abierto tensiones legales y políticas, y cuestiona los límites entre libertad de expresión, supervisión gubernamental y neutralidad de las plataformas.

El impacto no se limita a la esfera digital: la estrategia ha influido en la cobertura mediática, la movilización política y la polarización social, convirtiendo a las redes en un terreno de confrontación constante donde se reflejan las prioridades y el estilo de gobierno de Trump: directo, mediático y desafiante.
Política exterior: confrontación selectiva y defensa de intereses de élites
En los primeros meses de su segundo mandato, Trump ha adoptado una política exterior marcada por el personalismo, el unilateralismo y la defensa de intereses de la élite estadounidense. Su relación con Rusia ha sido conciliadora, evitando enfrentamientos directos y cuestionando sanciones previas, mientras que con China ha combinado retórica agresiva y negociaciones económicas selectivas que benefician principalmente a grandes corporaciones.
Las tensiones con la Unión Europea y otros aliados tradicionales se han agudizado, con críticas constantes a organismos multilaterales y a acuerdos históricos. Paralelamente, ha mantenido canales más fluidos con países como Reino Unido y El Salvador, privilegiando acuerdos simbólicos que refuercen su visibilidad política.
Su política también se ha expresado en un claro proteccionismo económico: aranceles agresivos contra China, la UE y otros socios que, aunque presentados como defensa de empleos nacionales, han favorecido sobre todo a corporaciones y sectores estratégicos cercanos a la administración.

Finalmente, su tendencia al unilateralismo se ha manifestado en amenazas o salidas de organismos internacionales como la OMS y la OMC, bajo el argumento de que limitan la soberanía estadounidense. Estas decisiones refuerzan un estilo confrontativo y personalista, donde la política exterior se convierte en una extensión de su narrativa interna: rápida, polarizante y orientada más a la agenda de su base y de las élites económicas que a una estrategia diplomática de largo plazo.
Guerras y conflictos internacionales
En el terreno bélico y de seguridad global, el segundo gobierno de Trump han estado marcados por gestos mediáticos más que por estrategias de largo plazo.
En Oriente Medio, su gobierno ha reforzado el apoyo incondicional a Israel, consolidando alianzas militares y económicas y anunciando acuerdos con países del Golfo que, si bien le han permitido proyectar fortaleza ante su base, han tenido un alcance limitado en la estabilidad regional. Los conflictos estructurales, como el genocidio en Palestina o las tensiones en Siria y Líbano, permanecen sin resolverse, mientras la Casa Blanca apuesta por anuncios de alto impacto y decisiones unilaterales en lugar de procesos multilaterales más complejos.

La guerra en Ucrania, por su parte, ha revelado la ambigüedad del presidente frente a la agresión rusa. Aunque mantiene un discurso formal de respaldo a la soberanía ucraniana, sus declaraciones públicas han minimizado la responsabilidad de Moscú y cuestionado la utilidad de la ayuda militar a Kiev. Trump ha insinuado incluso posibles acuerdos directos con Putin, lo que ha generado tensiones dentro de la OTAN y preocupación en sus propios aliados europeos. Más que una estrategia coherente, su enfoque responde a un cálculo orientado a fortalecer su imagen personal y a movilizar a su base electoral, incluso si eso debilita la cohesión del frente occidental.

Así, tanto en Oriente Medio como en Europa del Este, la política de Trump refleja una combinación de unilateralismo, improvisación y búsqueda de notoriedad mediática. Mientras en su campaña el republicano prometía acabar con estos conflictos en un día, en la práctica sus gestos sustituyen a las soluciones estructurales, y los conflictos siguen sin encaminarse hacia una salida sostenible.
Casos mediáticos: Epstein y la transparencia en la Casa Blanca
En este periodo, el Presidente de Estados Unidos también se ha visto involucrado en casos mediáticos que ponen en tensión su imagen y la percepción de transparencia del gobierno.
El caso de Jeffrey Epstein, aunque previo a su regreso, resurgió en medios por vínculos de figuras cercanas a la administración y por investigaciones sobre el manejo de información sensible. Trump ha intentado distanciarse públicamente, pero la constante aparición de nombres asociados a su entorno ha generado cuestionamientos sobre conflictos de interés y la relación entre poder político y redes de influencia.

Al mismo tiempo, la administración ha enfrentado críticas por su manejo de la información pública. La falta de claridad en comunicados oficiales y la selección de datos presentados en conferencias y redes sociales han alimentado la percepción de opacidad, a pesar de la retórica de transparencia que proclama el gobierno.
Este contraste entre discurso y práctica refuerza la narrativa de un ejecutivo que privilegia la visibilidad y el control de la agenda mediática, a menudo por encima de mecanismos institucionales de supervisión y rendición de cuentas.
Impactos y controversias: polarización y reacciones internas y externas
El comienzo de la segunda administración de Trump ha acentuado la polarización política y social en Estados Unidos. Sus decisiones rápidas y unilaterales, desde inmigración hasta política exterior, han generado protestas y profundizaron la confrontación entre partidarios y opositores.
A nivel internacional, sus políticas provocaron tensiones con aliados y organismos multilaterales, aunque también reforzaron vínculos selectivos con países estratégicos bajo una lógica personalista y mediática.
La polarización se amplificó en los medios: los tradicionales fueron acusados de parcialidad y las plataformas digitales se transformaron en escenarios de disputa. Más allá de las políticas concretas, Trump priorizó la visibilidad y la construcción de narrativas que consolidaran su base, a costa de divisiones internas y del prestigio internacional del país.
Perspectivas a futuro
El segundo mandato de Trump ha convertido la Casa Blanca en un escenario de poder concentrado, decisiones unilaterales y confrontación constante. Lo que para su base es prueba de fuerza, para sus críticos supone una amenaza al equilibrio institucional y a la estabilidad democrática.
De cara a los próximos meses, todo indica que la polarización seguirá agudizándose y que Estados Unidos se moverá entre la visibilidad mediática de su presidente y la incertidumbre sobre la sostenibilidad de un modelo basado más en el espectáculo que en la construcción de consensos.





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