Cómo el apoyo incondicional a Israel fomenta el antisemitismo

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Por Manuela Moreno Salcedo

“El sionismo ha capitalizado el sufrimiento del pueblo judío para servir a sus propios intereses y a los del imperialismo en esta rica parte del mundo, que es un pasaje hacia países de África y Asia.

-Leila Khaled

Cuando se habla de antisemitismo, muchas veces se asume que apoyar al Estado de Israel es automáticamente una forma de combatirlo. Sin embargo, la realidad puede ser la contraria: el respaldo acrítico a Israel y al sionismo estatal, en tanto proyecto político colonial e imperialista, contribuye a la reproducción del odio hacia los judíos en el mundo.

El sionismo, como movimiento, ha estado profundamente ligado a los intereses de las potencias occidentales y se ha traducido en la creación de un Estado que, desde 1948, ha ejercido violencia estructural sobre el pueblo palestino: expulsiones, ocupación de territorios, apartheid y crímenes denunciados por organismos internacionales.

Este sistema no solo ha traído devastación al pueblo árabe, sino que también ha generado consecuencias negativas para los judíos de la diáspora: muchos sectores de la opinión pública terminan confundiendo las acciones de un Estado con la identidad de un pueblo entero, alimentando así nuevas formas de antisemitismo.

Basta observar los discursos que circulan en redes sociales, donde algunos justifican atrocidades históricas como el nazismo y responsabilizan colectivamente a los judíos por las políticas israelíes. Esta peligrosa simplificación nace, en gran medida, de la identificación interesada que el propio Estado de Israel promueve entre “ser judío” y “ser sionista”.

Al capitalizar el sufrimiento histórico del pueblo judío para legitimar la colonización de Palestina, el sionismo no solo oprime a los palestinos, sino que también pone en riesgo a los judíos al convertirlos en blanco de un odio renovado.

Como bien señaló la activista palestina Leila Khaled, quien sufrió junto a su familia las expulsiones de la Nakba en 1948, en su autobiografía Mi pueblo vivirá (1973):

“El movimiento de liberación palestino no es hostil hacia los judíos. Su objetivo es romper la entidad militar, política y económica israelí, que se basa en la agresión y en la alianza con el imperialismo. El sionismo ha capitalizado el sufrimiento del pueblo judío para servir a sus propios intereses y a los del imperialismo en esta rica parte del mundo, que es un pasaje hacia países de África y Asia. Nuestro objetivo es un Estado democrático en el que árabes y judíos puedan vivir como iguales.”

El verdadero camino contra el antisemitismo y contra cualquier forma de racismo pasa, justamente, por rechazar todo genocidio y toda política de opresión, venga de donde venga. Defender la vida y la dignidad de los palestinos no es estar en contra de los judíos; al contrario, es luchar por un futuro donde ambos pueblos puedan coexistir en igualdad, sin que uno se imponga violentamente sobre el otro.

Si bien la desaparición del proyecto imperial israelí parece improbable debido al respaldo de las potencias occidentales, la única salida justa y sostenible debería ser un Estado compartido, de árabes y judíos, en el que ninguno de los dos pueblos quede reducido a la marginalidad o al exilio. Solo así podrá combatirse de raíz tanto la ocupación colonial como el antisemitismo que esta, paradójicamente, alimenta.

Sin embargo, resulta difícil imaginar cómo judíos y palestinos puedan convivir en paz después de décadas de ocupación, expulsiones y violencia sistemática ejercida por el Estado de Israel. El odio sembrado por estas políticas ha fracturado profundamente a ambos pueblos, dejando heridas que no se cerrarán fácilmente.

Pero la responsabilidad no recae solo en Israel: también en sus cómplices. Las potencias occidentales —Estados Unidos, Reino Unido y la Unión Europea— deben dejar de sostener con armas, dinero y legitimidad diplomática a un régimen acusado de crímenes de guerra. Resulta inadmisible que un primer ministro como Netanyahu, con procesos abiertos en la justicia internacional, sea recibido en la Casa Blanca como un aliado más.

Si realmente se busca la paz, lo primero es que los responsables políticos de la ocupación paguen por sus crímenes y que el apoyo incondicional de Occidente se detenga. Solo entonces podrá abrirse un horizonte de justicia y dignidad para palestinos y judíos por igual.

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