¿Estamos viviendo una era de ineficiencia política?

3–4 minutos

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Por Manuela Moreno Salcedo

Los presidentes y líderes mundiales tienen más recursos que nunca en la historia: ejércitos, tecnología, diplomacia global, instituciones internacionales. Y sin embargo, el mundo está más dividido, más sangriento y más frágil que hace décadas. ¿Qué está fallando? Tal vez no sea falta de poder, sino absoluta ineficiencia política.

Cuando uno mira alrededor, da igual el país o la ideología: la ineficiencia es transversal. Algunos se escudan en la diplomacia, otros se topan con sistemas blindados al cambio, y otros, simplemente, parecen conformes con dejar que el mundo se hunda con tal de que ellos estén bien.

Una política que ya no resuelve

La relatora especial de la ONU para los territorios palestinos, Francesca Albanese, lo dijo claro: los fundadores de las Naciones Unidas y de la Unión Europea deben estar revolcándose en sus tumbas al ver cómo sus instituciones, creadas para garantizar estabilidad, hoy son incapaces de detener atrocidades como las que vemos en Gaza.

Pero no es solo Gaza. Cada semana hay intentos fallidos de paz en el conflicto Rusia–Ucrania, y otros tantos esfuerzos igual de estériles en el de Palestina–Israel. Mientras tanto, conflictos sangrientos en tantos otros países, como Yemen, Sudán, República Democrática del Congo o Haití, ni siquiera entran en el radar mediático ni diplomático.

La Unión Europea habla y habla de sanciones contra Rusia, que no cambian nada. Políticos de todo el mundo se indignan ante las tragedias en Gaza, pero en la práctica nada se transforma: ni un acuerdo de paz, ni un alto al fuego, ni un cambio tangible para quienes sufren.

Eso es ineficiencia política: la incapacidad sistemática de pasar del discurso a la acción.

¿Y nosotros qué?

Aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿qué papel jugamos los ciudadanos en todo esto?

En teoría, los políticos trabajan por y para el pueblo. Literalmente viven de nuestro dinero y deberían usar el poder que les delegamos para mejorar las condiciones de vida colectivas. Pero hoy vemos exactamente lo contrario: líderes de los países con más capacidad para resolver problemas profundos están completamente desconectados de la realidad y no responden a las necesidades de quienes los eligieron.

Y ahí está la clave: si los ciudadanos no exigimos eficacia, ellos seguirán gobernando como si su único trabajo fuera reunirse, dar discursos y publicar comunicados. El poder que tienen se sostiene porque la sociedad se lo permite.

Como ciudadanos tenemos la responsabilidad de reclamarles soluciones materiales, no solo palabras. No basta con declaraciones diplomáticas ni con “condenar enérgicamente” una guerra en un comunicado.

Necesitamos resultados concretos: un acuerdo de paz, un alto al fuego, un cambio en las condiciones de vida de millones de personas. De lo contrario, lo que estamos legitimando es un sistema político que existe para reproducirse a sí mismo, no para transformar la realidad.

Una era de ineficiencia… ¿y de resignación?

Así, la sensación de estar viviendo en una era de ineficiencia política no surge de la nada: es el resultado de años de discursos vacíos, de promesas incumplidas y de instituciones que se muestran incapaces de actuar con la rapidez y contundencia que exigen las crisis globales.

Pero si hay algo aún más peligroso que esa ineficiencia, es la resignación ciudadana. El creer que “siempre fue así” y que no se puede cambiar nada. Porque ahí es cuando el poder se convierte en un monólogo: políticos hablando para políticos, sin nadie que los cuestione en serio.

Tal vez ha llegado el momento de invertir la lógica: recordarles que no están allí para administrar la inercia del mundo, sino para resolver los problemas reales. Y si no lo hacen, tendremos que ser los ciudadanos quienes se lo exijamos con fuerza.

Porque de lo contrario, lo que nos espera no es solo una era de más ineficiencia política, sino una era de impotencia colectiva.

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