Mujeres en la guerra: entre la lucha, la resistencia y la victimización

9–14 minutos

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Por Manuela Moreno Salcedo

Hoy, en medio de las tensiones globales, algunos argumentan que, si las mujeres han luchado por la igualdad, deberían también tomar las armas junto a los hombres y participar en las guerras.

Sin embargo, esto ignora que gran parte de la tradición feminista ha estado vinculada a la paz y la diplomacia: muchas no buscan la guerra, sino evitarla. Y aunque no siempre estén en el frente de batalla, sufren sus consecuencias de manera directa y a menudo más cruel, desde la violencia sexual hasta el desplazamiento forzado y la pérdida de derechos fundamentales.

Cuando las bombas explotan, los virus infectan y las hambrunas matan, las víctimas son todos. Pero ¿qué pasa si eres mujer o niña? Hay violencias específicas contra ellas, especialmente en las guerras. El sufrimiento se multiplica. Lo he podido ver, una y otra vez, durante los últimos 35 años en mis viajes a zonas de conflicto.

—Gervasio Sánchez en su libro Violencia, mujeres, guerra (2021)

Varias mujeres deportadas desde Kosovo esperan para entrar en Albania. Foto: Gervasio Sánchez

Mujeres como combatientes

Aunque la visión tradicional de la guerra suele imaginar solo a hombres en el frente, la realidad es mucho más compleja. A lo largo de la historia, desde las “soldaderas” de la Revolución Mexicana hasta las partisanas europeas que resistieron al fascismo, las mujeres han empuñado armas, asumido liderazgo militar y redefinido los límites de la participación femenina en la guerra.

Soldaderas de la Revolución Mexicana. Foto: México desconocido (sin autor)

Para estas mujeres la guerra no acaba cuando dejan las armas: la reintegración a la vida civil suele estar marcada por la estigmatización, la revictimización y la persistencia de la violencia de género.

En Colombia, guerrillas como las FARC y el ELN han contado con mujeres en todos los niveles: desde combatientes en primera línea hasta lideresas que tomaban decisiones estratégicas. Para muchas, unirse a la insurgencia fue una elección marcada por la búsqueda de igualdad y de un rol activo en una sociedad que las marginaba; para otras, fue una imposición, resultado del reclutamiento forzado.

“No me uní porque quisiera pelear, sino porque era eso o dejar que me reclutaran a la fuerza. Preferí decidir yo, aunque esa decisión fuera casi una trampa.”
— Mujer que ingresó al ELN en los años noventa (Revista Reflexión UNAB, 2019)

Retrato de una excombatiente de las FARC, en el Cauca, Colombia. Foto: Álvaro Ybarra Zavala

En África, conflictos como los de Sierra Leona, Uganda o la República Democrática del Congo han convertido a niñas y jóvenes en combatientes. Reclutadas a la fuerza, fueron obligadas a luchar, servir de porteadoras o sufrir esclavitud sexual como forma de control militar.

“Cuando llegaron a mi aldea, me dijeron que tenía dos opciones: ser su esposa o ser soldado. Elegí ser soldado. Al menos en la guerra sentía que podía defenderme.” 

— Combatiente de Sierra Leona (UNICEF)

Sin embargo, también hubo casos en los que ascendieron a puestos de mando, coordinando operaciones y dirigiendo a otros combatientes, como en Sudáfrica. Esta paradoja muestra que su participación no puede leerse solo desde la victimización: muchas ejercieron agencia y liderazgo, aun en medio de un sistema de violencia extrema.

Mujeres en la lucha armada de Sudáfrica. Foto: Afroféminas

En Asia, grupos como los Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE) en Sri Lanka o los insurgentes comunistas en Filipinas incorporaron a las mujeres no solo como soldados, sino también como estrategas y planificadoras. En estos movimientos, el discurso de igualdad de género se mezclaba con las dinámicas propias de la insurgencia, otorgando a las mujeres una visibilidad inédita en el campo de batalla, aunque sin eliminar del todo las jerarquías y discriminaciones.

“En la montaña, con los comunistas, éramos iguales para morir, pero no siempre para decidir. Aun así, sentí que mi voz tenía más peso allí que en mi propio pueblo.”                             

Exguerrillera comunista de Filipinas (Asia Pacific Report, 2015)

Ranjini, excomandante del LTTE, explica que las dificultades que las mujeres han enfrentado para reinsertarse en la sociedad, incluso casi 16 años después de terminada la guerra, la hacen sentir que está “más preparada para la muerte que para la vida” (Deutsche Welle, 2025).

Además, muchas excombatientes han narrado cómo no logran conseguir trabajo ni casarse, por el hecho de haber participado en la guerra siendo mujeres. Sin tener en cuenta que muchas fueron reclutadas a la fuerza, les dicen que ya no son “puras” o que solo son “mujeres de guerra”.

Investigaciones han demostrado que estas dificultades son específicas de las mujeres; los hombres excombatientes enfrentan menos barreras para reincorporarse a la sociedad. Por ejemplo, el estudio Remnants of a Checkered Past: Female LTTE and Social Reintegration in Post-War Sri Lanka (Friedman, 2018) destaca que, aunque las mujeres desempeñaron roles activos durante la guerra, enfrentan una doble estigmatización por su participación en el conflicto y por su género, lo que dificulta su aceptación y acceso a oportunidades en la sociedad postconflicto.

Kalaiselvi Jayakumar, excombatiente del LTTE. Foto: Murali Krishnan/DW

Aunque muchas de estas mujeres ejercieron agencia y participaron activamente en el conflicto, su género marcó profundamente sus experiencias durante y después de la guerra. Las barreras para reintegrarse a la sociedad, la estigmatización y la violencia específica basada en su sexo muestran que la participación en el frente no las exime de sufrir las consecuencias más duras del conflicto.

Es precisamente esta doble dimensión —ser combatientes y, al mismo tiempo, mujeres— la que permite comprender cómo la guerra afecta a las mujeres de manera particular, preparando el terreno para analizar con más detalle su papel como víctimas de la violencia, la explotación y la pérdida de derechos fundamentales.

Mujeres como víctimas de la guerra

Cuando las mujeres no están en el frente de combate, la guerra las alcanza de manera directa y, a menudo, más cruel que a los soldados. La violencia de guerra suele tener un rostro femenino particular: las mujeres son víctimas de ataques que buscan doblegar no solo al enemigo, sino a toda su comunidad.

Violencia sexual como arma de guerra

En Haití, la violencia sexual ha aumentado drásticamente en los últimos años. Grupos armados han utilizado la violación colectiva para humillar, aterrorizar y consolidar el control sobre las poblaciones locales. Según el Comité de Protección Global, las mujeres y niñas en Haití han sido sometidas a niveles alarmantes de violencia sexual, incluyendo violaciones en grupo, con el objetivo de infundir miedo y consolidar el control territorial.

Una mujer haitiana grita de dolor en medio de la violencia que asfixia al país. Foto: Reuters

En Colombia, la violencia sexual también ha sido utilizada como una estrategia sistemática por diversos actores armados. Grupos paramilitares, guerrilleros y otros actores ilegales han cometido abusos sexuales como parte de su control territorial y social. Según un informe de la Corporación Sisma Mujer, los casos de violencia sexual cometidos por grupos paramilitares fueron perpetrados de manera indiscriminada y propagada en todo el territorio nacional.

Como explica la jurista Catharine MacKinnon en su ensayo Crímenes de guerra, crímenes de paz:

“La violación en la guerra no es un exceso aislado. Se trata de violación hasta la muerte y la masacre, para matar o hacer que las víctimas prefieran estar muertas. Se trata de violación como instrumento de exilio forzoso, para obligar a abandonar el hogar y no volver jamás. Se trata de que la violación sea vista y oída por todos, y se convierta en un espectáculo. Se trata de violación para sacudir a un pueblo, para reproducir una cuña en una comunidad. Se trata de la misoginia liberada y desenfrenada por orden oficial”.

Un ejemplo que ilustra esta realidad es el de Grace Akallo, secuestrada por el Ejército de Resistencia del Señor (LRA) en Uganda a los 15 años. En su libro Girl Soldier: A Story of Hope for Northern Uganda’s Children (Grace Akallo y Faith J. H. McDonnell, 2016) narra cómo, al igual que otras niñas secuestradas por el LRA, fue forzada a convertirse en ‘esposa’ de uno de los comandantes del grupo armado, una experiencia que dejó una marca profunda en su vida.

Grace Akallo en «To the grave and back», UNICEF, 2013.

Además de la violencia sexual, las mujeres en contextos de guerra enfrentan formas específicas de violencia reproductiva. En Colombia, actores armados han ejercido diversas modalidades de violencia reproductiva sobre mujeres y personas LGBTI, incluyendo abortos forzados, esterilizaciones y restricciones al acceso a servicios de salud reproductiva, con el objetivo de controlar la reproducción y la autonomía de las mujeres.

Desplazamiento forzado y pérdida de derechos

La guerra obliga a millones de mujeres a abandonar sus hogares y comunidades, exponiéndolas a múltiples formas de violencia y privándolas de sus derechos fundamentales.

En Haití, la violencia armada ha desplazado a miles de personas, dejando a muchas mujeres sin acceso a servicios básicos, educación y empleo. Según la ONU Mujeres, las mujeres desplazadas enfrentan riesgos elevados de violencia sexual, explotación y abuso, además de la pérdida de sus derechos económicos y sociales.

En Colombia, el desplazamiento forzado ha afectado principalmente a mujeres y niños, quienes enfrentan mayores riesgos de violencia sexual y explotación. El Centro Nacional de Memoria Histórica ha documentado cómo, desde los años ochenta, los grupos armados ilegales impusieron castigos corporales para mantener el orden y lograr el control territorial en regiones como el Catatumbo, afectando gravemente a las mujeres.

En Sudán, el conflicto iniciado en 2023 ha provocado el desplazamiento de más de 14 millones de personas, siendo las mujeres y niñas las más afectadas. La ONU ha declarado una crisis de género, destacando el aumento de la violencia sexual, los matrimonios forzados y la trata de personas como armas de guerra. Además, el colapso del sistema de salud ha puesto en grave riesgo la vida de mujeres embarazadas y recién nacidos .

En la República Democrática del Congo, el conflicto prolongado ha resultado en el desplazamiento forzado de millones de personas. Un estudio del Banco Mundial reveló que el 97% de las mujeres desplazadas entrevistadas en el este del país habían experimentado o sido testigos de violencia sexual y de género, incluyendo violaciones, explotación sexual y agresiones físicas. Estas mujeres enfrentan múltiples vulnerabilidades debido a la falta de acceso a servicios básicos y apoyo psicológico.

Campesinas de Burundi desplazadas. Foto: Gervasio Sánchez

En Gaza, el conflicto actual ha desplazado a cerca de un millón de personas, afectando gravemente a toda la población, incluyendo hombres, mujeres, niños y ancianos. Sin embargo, las mujeres y niñas enfrentan riesgos particulares debido a normas de género y roles sociales: el aumento de la violencia sexual y la explotación, el acceso limitado a alimentos, atención médica y servicios de apoyo, así como los impactos en la salud reproductiva de embarazadas y lactantes.

Además, muchas mujeres deben asumir la carga de cuidar a hijos y familiares en medio de condiciones extremas, lo que aumenta su vulnerabilidad frente a los peligros del conflicto. Aunque todos sufren la crisis, estas condiciones muestran que el género sigue siendo un factor determinante en la forma en que se experimenta la guerra.

Mujeres víctimas de los ataques de Israel en la Franja de Gaza. Foto: Anadolu

Mujeres en la resistencia y reconstrucción

Aunque la guerra deja cicatrices profundas, también ha dado lugar a historias de resistencia y liderazgo femenino que merecen ser contadas. Las mujeres no solo sufren los efectos del conflicto; muchas se convierten en agentes de cambio, liderando procesos de paz, reconstrucción y justicia social.

En Colombia, tras décadas de conflicto armado, mujeres que fueron víctimas de violencia sexual y desplazamiento se han organizado en colectivos para exigir justicia y reparación. Organizaciones como Sisma Mujer han documentado estos crímenes, proporcionado apoyo psicológico y legal a las víctimas, y participado activamente en los procesos de negociación de paz. Su trabajo ha sido clave para que la violencia sexual sea reconocida como crimen de lesa humanidad y para garantizar que las mujeres tengan voz en la reconstrucción del país.

En África, mujeres que sobrevivieron a conflictos en Sierra Leona, Ruanda o la República Democrática del Congo han liderado iniciativas comunitarias para reconstruir pueblos, brindar educación y crear redes de apoyo para víctimas de violencia sexual. En Ruanda, tras el genocidio, las mujeres jugaron un papel central en la reconstrucción de la sociedad, ocupando posiciones políticas y liderando programas de reconciliación y memoria histórica.

En Haití, a pesar de la violencia constante y el desplazamiento forzado, mujeres activistas y líderes comunitarias han surgido como defensoras de derechos humanos. Ellas documentan crímenes, luchan por justicia y organizan programas de apoyo a sobrevivientes de violencia sexual y desplazamiento, contribuyendo a la resiliencia de sus comunidades frente a la adversidad.

Estas historias demuestran que, incluso en los contextos más violentos, las mujeres transforman su sufrimiento en acción. Su papel no se limita a la víctima pasiva; son constructoras de paz, defensoras de derechos humanos y guardianas de la memoria colectiva. Reconocer su liderazgo es esencial para entender el impacto completo de la guerra y para construir sociedades más justas y resilientes.

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