
Por Natalia Isidoro-Herrera
Cuando hace unos días vi que el New York Times publicó en Twitter en 2021 que Jules Verne y H. G. Wells eran “los padres de la ciencia ficción”, sentí una mezcla de sorpresa e indignación. No porque sus nombres no sean relevantes, sino porque esa afirmación borra de un plumazo a Mary Shelley, autora de Frankenstein (1818), considerada por muchos críticos como la primera novela de ciencia ficción. Una mujer dio origen a un género entero, pero la narrativa oficial sigue priorizando voces masculinas. Este gesto simbólico refleja un patrón que se repite en los espacios de la cultura geek: la historia y el presente de las mujeres se invisibiliza, se minimiza o se pone en duda.

No hablo solo de los libros de texto ni de los suplementos culturales: hablo de foros, convenciones, chats y grupos de fans. Hablo de momentos como cuando dices “soy fan de Star Wars” y, en lugar de encontrar complicidad, te devuelven un examen sorpresa: “¿Ah, sí? Entonces dime qué dice Darth Vader en el minuto 1:47:00 de El Imperio Contraataca”. Esa dinámica convierte el fandom en un espacio de prueba constante, donde las mujeres tenemos que demostrar que “sabemos tanto como ellos” —o incluso más— para que se nos reconozca.
Personajes, referentes y la capacidad de empatía
Parte del problema viene también de los referentes. Aunque poco a poco han aparecido más personajes femeninos relevantes en las grandes sagas, durante mucho tiempo las narrativas nos dieron muy pocas opciones. Salvo excepciones, como algunas heroínas de Marvel —pienso en la Patrulla X, con figuras complejas como Jean Grey, poderosas, pero también complejas, con un pasado doloroso que hacía de ellas algo más que un traje de mallas—, lo habitual era que los protagonistas fueran hombres.

Y, sin embargo, ahí radica una de las diferencias fundamentales: nosotras aprendimos a empatizar con los personajes masculinos, a vivir y soñar a través de ellos. Podíamos querer ser Indiana Jones, un personaje culto con pasión por la historia y lo que era correcto; o un día ser Luke Skywalker y, al siguiente, la Princesa Leia. La imaginación no conocía de fronteras de género: nuestro deseo era participar, habitar esos mundos y sentirnos parte de las aventuras, aunque rara vez nos dejasen hacerlo en los juegos infantiles de rol.
Además, pocos hombres aceptan ese mismo juego en dirección contraria. En un grupo de niños, no era común que un chico quisiera “ser la princesa” en el juego de roles. Lo femenino estaba marcado como “menor” o “vergonzoso”, como si encarnar a un personaje de otro género los rebajara. Esa asimetría cultural dice mucho sobre cómo hemos aprendido a consumir ficción y sobre la rigidez de los modelos de identificación masculinos.

Fandoms y exclusión: ¿qué nos dice la historia?
La exclusión femenina en los fandoms no es un fenómeno reciente. En las primeras convenciones de ciencia ficción del siglo XX, las mujeres ya estaban presentes, aunque con frecuencia escondidas bajo seudónimos o iniciales para evitar prejuicios. El término femfan (o femme fan) aparece ya en 1944, y en 1958 se registró un sorprendente 31 % de participación femenina en convenciones de ciencia ficción.
En los años 60 y 70, mientras los hombres dominaban el fandom literario tradicional, muchas mujeres migraron hacia el media fandom—series como Star Trek—, donde podían crear, escribir fan fiction y construir comunidades más inclusivas. Ejemplo de ello es la creación de WisCon en 1977, la primera convención feminista de ciencia ficción.
Lo interesante es que allí donde las mujeres encontraban un espacio —por ejemplo, en el fan fiction— no solo participaban, sino que lo transformaban radicalmente.
AO3 y la revolución del fan fiction
Plataformas como AO3 (Archive of Our Own) son hoy prueba de ello. AO3 es una plataforma sin ánimo de lucro, creada en 2008 por la Organization for Transformative Works. Está gestionada por voluntariado, no tiene publicidad y en 2019 fue reconocida con el prestigioso Premio Hugo, un hito cultural que reivindicó la importancia del trabajo fan.
AO3 destaca por su sistema de etiquetas que facilita la organización de miles de historias en múltiples fandoms, y por ser un espacio inclusivo y comunitario.
Estadísticas recientes:
- En un estudio de 2020 sobre autores de fan fiction de Harry Potter en AO3:
- El 50,4 % se identificó como mujer.
- El 13,4 % como hombre.
- El 21 % como no binario, genderfluid o genderqueer.
- El 11 % como transgénero, y un 3,9 % como agénero.
- Un análisis más amplio muestra que solo un 2,5 % de usuarios son hombres cisgénero; la mayoría son mujeres o personas LGBTQ+.
- Encuestas paralelas en Reddit confirman que más del 54 % de usuarios se identifican como mujeres cis, y menos del 6 % como hombres cis.

En otras palabras: mientras los espacios tradicionales han intentado excluirnos, las mujeres hemos construido una de las comunidades creativas más activas, diversas e influyentes del fandom contemporáneo.
Una herencia que todavía pesa
El borrado de Shelley en la historia literaria o la necesidad de demostrar legitimidad en un foro de Star Wars son solo síntomas de un mismo fenómeno: un espacio cultural donde lo masculino se considera la medida de lo válido y lo femenino un añadido accesorio.
Y, sin embargo, ahí estamos. Las mujeres hemos sabido no solo ocupar los huecos, sino habitarlos con intensidad. Nos identificamos con héroes y villanos masculinos, reimaginamos a las heroínas que nos dieron migajas de protagonismo y construimos universos alternativos donde podemos existir sin pedir permiso.
El eterno debate y el reconocimiento
Este debate no es anecdótico: críticos y escritores de ciencia ficción también han reivindicado a Mary Shelley como fundadora del género:
Brian Aldiss, en Billion Year Spree (1973) reconoció abiertamente que “La ciencia ficción comenzó con Frankenstein de Mary Shelly (1818)”, igual que Asimov la consideraba como su propia antecesora literaria y Carl Freedman, en Critical Theory aun Science Fiction (2002) dijo que este tenía toda la razón.
Estas voces críticas legitiman lo que tantas veces se ha negado: que el origen mismo de la ciencia ficción es femenino.
Quizá una de las fortalezas de nuestra presencia en el fandom sea esa capacidad de empatizar y jugar con todas las máscaras posibles, sin importar el género. Podemos ser Leia y Luke, Indiana Jones y Jean Grey, Frodo y Galadriel. Esa flexibilidad imaginativa es un acto de libertad y también de resistencia frente a una cultura que durante mucho tiempo nos negó un lugar.
El reto ahora es doble: recordar la historia real —que Mary Shelley fue la madre de la ciencia ficción, no su nota al pie— y transformar el presente, construyendo comunidades de fans donde no tengamos que rendir exámenes ni ocupar siempre el lugar de “la excepción”. El fandom no debería ser una frontera a conquistar, sino un terreno común donde todas las personas podamos soñar sin barreras.




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