Su identidad catalana no sería un freno: podría convertirse en la base de un liderazgo inclusivo y transversal capaz de unir a toda la izquierda.

Foto: Daniel F. Sabadell
Natalia Isidoro-Herrera, Madrid 13 feb. 2026 / Actualizado el 21 feb. 2026
Rufián y la unidad de la izquierda: liderazgo, identidad y una España plurinacional
En España, la izquierda necesita algo más que resistencia electoral: necesita un horizonte compartido. La fragmentación, las tensiones estratégicas y las disputas internas han erosionado la ilusión de parte de su electorado, justo en un momento en que el avance de la ultraderecha exige cohesión y claridad política. En este contexto, Gabriel Rufián, portavoz de Esquerra Republicana de Catalunya en el Congreso, aparece como una figura que, pese —o precisamente gracias— a su identidad definida, podría contribuir a articular un proyecto común.
La pregunta no es menor: ¿puede un dirigente con una trayectoria vinculada al independentismo catalán desempeñar un papel aglutinador en el conjunto del Estado? La experiencia histórica sugiere que identidad y transversalidad no son conceptos incompatibles.
Nacionalismo y liderazgo: lecciones de Irlanda
La idea de que un dirigente surgido de un movimiento identitario está condenado a representar solo a una parte se desmorona cuando se observa la historia política europea.
Éamon de Valera, presidente de Irlanda entre 1959 y 1973 (cargo ya entonces principalmente ceremonial), tuvo su etapa decisiva como jefe de Gobierno décadas antes. Como Taoiseach entre 1932 y 1948, y nuevamente en los años cincuenta, fue el arquitecto institucional de un Estado que buscaba consolidarse tras su independencia. Impulsó la Constitución de 1937 y contribuyó a estabilizar un proyecto político que debía integrar sensibilidades diversas dentro de una nueva estructura estatal.
Su trayectoria demuestra cómo un liderazgo originado en una reivindicación nacional puede evolucionar hacia una propuesta política de alcance general. Aunque los contextos históricos no son equiparables, el ejemplo irlandés ilustra cómo una identidad política fuerte no impide articular un proyecto amplio y transversal.
España como realidad plurinacional
España no es una estructura homogénea ni lo ha sido históricamente. La propia Constitución de 1978 reconoció la existencia de “nacionalidades y regiones”, una fórmula que, aunque ambigua, asumía la complejidad territorial del Estado. Desde entonces, el debate sobre su articulación política no ha desaparecido, sino que se ha transformado.
Hablar de una España plurinacional no implica fragmentación ni ruptura, sino reconocimiento. Supone aceptar que la cohesión democrática no se construye negando la diversidad, sino integrándola en un marco común de derechos, justicia social y solidaridad interterritorial. Una izquierda que asuma con naturalidad esa pluralidad puede convertir un foco tradicional de tensión en un espacio de encuentro.
En ese sentido, que un dirigente catalán con identidad definida aspire a proyectar consensos en el conjunto del Estado no debería interpretarse como una contradicción, sino como una expresión madura de esa pluralidad. La clave no está en diluir las identidades, sino en traducirlas en propuestas inclusivas.
Rufián y la posibilidad de un proyecto común
Aplicado al contexto actual, esto abre una posibilidad interesante: que Gabriel Rufián pueda desempeñar un papel relevante en la articulación de una izquierda más cohesionada. Su perfil parlamentario, su capacidad comunicativa y su evolución discursiva en los últimos años lo han situado como un interlocutor habitual en debates de alcance estatal.
No se trata de convertir a una figura concreta en solución milagrosa. Se trata de entender que la unidad no surge únicamente de la aritmética electoral, sino de la construcción de un relato compartido. Un proyecto común de mínimos —defensa de los servicios públicos, derechos sociales, regeneración democrática y reconocimiento territorial— podría convertirse en ese punto de encuentro.
Figuras como Yolanda Díaz, con su perfil dialogante, o Ione Belarra, al frente de Podemos, representan espacios políticos distintos pero potencialmente convergentes. También voces como Joan Baldoví, de Compromís, o Emilio Delgado, de Sumar, han defendido la necesidad de priorizar acuerdos programáticos frente a disputas personalistas.
El terreno común existe. La cuestión es si habrá voluntad suficiente para recorrerlo.
El desafío del momento
La izquierda española se enfrenta a un reto estratégico: superar la lógica de la competencia interna para construir una propuesta reconocible, coherente y capaz de generar ilusión. En un escenario de creciente polarización, la fragmentación puede convertirse en el mayor obstáculo.
La articulación de un proyecto que asuma la pluralidad nacional del Estado, que combine justicia social con reconocimiento territorial y que sitúe la defensa de los valores democráticos en el centro, podría marcar la diferencia. La historia demuestra que los liderazgos evolucionan y que las identidades políticas no son compartimentos estancos.
La pregunta no es si la identidad es un límite. La pregunta es si puede convertirse en punto de partida para una nueva etapa de cohesión progresista.



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