Manuela Moreno Salcedo
La historia es una maestra invaluable, pero también un espejo inquietante que nos muestra patrones que tienden a repetirse cuando no aprendemos de ellos. En Europa, la Segunda Guerra Mundial y sus horrores marcaron una línea definitiva contra el autoritarismo, el fascismo y el genocidio. Sin embargo, hoy observamos cómo partidos de extrema derecha resurgen y ganan terreno en varios países, y la desinformación se extiende con una rapidez nunca antes vista.
Uno de los factores más preocupantes es la brecha generacional. Los jóvenes de hoy no vivieron aquellos años oscuros, y para muchos, esos eventos parecen lejanos, abstractos o incluso irrelevantes. Las encuestas lo demuestran: más del 20 % de los españoles considera hoy que la dictadura de Franco fue “buena o muy buena”, y ese porcentaje es especialmente alto entre los menores de 35 años, donde cerca de uno de cada cinco jóvenes comparte esa percepción o incluso piensa que una dictadura podría ser una alternativa a la democracia.
La memoria histórica corre el riesgo de diluirse, y con ella, la capacidad colectiva de reconocer las señales de alerta cuando emergen discursos y políticas que amenazan la democracia y los derechos humanos.
Pero el peligro no solo radica en la distancia temporal, sino también en las nuevas formas de manipulación y desinformación que se propagan por redes sociales, creando cámaras de eco donde mensajes extremistas pueden calar sin una crítica sólida. En este contexto, el riesgo de repetir errores del pasado no es solo posible, sino probable, si no actuamos con conciencia y urgencia.
El fenómeno no es exclusivo de España. En Alemania, un país que vive con el recuerdo profundo del nazismo y donde existen fuertes contrapesos institucionales contra el extremismo, la formación de extrema derecha AfD se ha consolidado como la segunda fuerza política a nivel federal, con más del 20 % de los votos, e incluso domina varios estados del este del país.
Sin embargo, no todo está perdido. Existen muchas voces jóvenes comprometidas con la justicia social, la defensa de los derechos humanos y la construcción de sociedades más inclusivas. Desde movimientos estudiantiles que defienden la memoria histórica hasta activismos digitales que denuncian discursos de odio, hay una generación que entiende que el pasado no es un museo, sino una advertencia. La tecnología, bien utilizada, puede convertirse en una herramienta poderosa para conectar a las nuevas generaciones con la historia y hacer que sus lecciones sean vivenciales y relevantes.
La clave está en fortalecer la educación crítica, promover la memoria activa y fomentar un compromiso ciudadano permanente. Solo así podremos romper el ciclo y evitar que la historia se convierta en un eterno retorno de tragedias evitables.
Pero, además, estoy firmemente convencida de la importancia de la lectura y del cine para acercarnos a la historia y, de algún modo, viajar en el tiempo. Cada vez que leo un ensayo, una novela o veo una película sobre guerras y regímenes autoritarios, comprendo con más claridad lo frágiles que pueden ser los derechos y las libertades. Hablo desde un contexto donde hoy existen garantías formales, y precisamente por eso soy consciente de que pueden perderse.
Acercarse a lo que fueron los autoritarismos del siglo XX no idealiza la democracia ni borra sus contradicciones, ni convierte a la cultura en un salvavidas moral. Pero sí nos obliga a mirar de frente las consecuencias del poder sin límites. Nos hace más conscientes.
Y la conciencia es el primer paso para no repetir.



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