Sobre llegar tarde

5–7 minutos

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Por Natalia Isidoro-Herrera

Hay una contradicción que define bastante bien nuestro tiempo: nunca habíamos hablado tanto de reinventarnos y nunca había parecido tan difícil hacerlo.

Nos animan a estudiar, a reciclar competencias, a cambiar de profesión, a aprender durante toda la vida. Las instituciones lo llaman aprendizaje permanente. Las empresas hablan de reskilling. Los gurús de LinkedIn prefieren hablar de salir de la zona de confort. Cada uno le pone el nombre que más le gusta.

El problema llega cuando alguien decide hacerles caso.

Tengo 45 años y en septiembre empezaré tercero de Periodismo. Por la cara que pone alguna gente cuando lo cuento, cualquiera diría que acabo de anunciar mi candidatura para la próxima misión a Marte.

Hace unos años decidí abandonar una profesión en la que ganaba bien y en la que había construido una carrera sólida. Se me daba bien. Muy bien. Pero también me estaba pudriendo el alma. Después de demasiados años adaptándome a una forma de trabajar que chocaba frontalmente con mi manera de entender el mundo —y tras sufrir acoso laboral— decidí hacer lo que tantas veces nos recomiendan cuando dejamos de ser felices: empezar de nuevo.

Me creí el discurso entero. Con envoltorio, lazo y etiqueta.

Entré en la Facultad de Ciencias de la Información convencida de que el esfuerzo tendría recompensa. Pensé, con una ingenuidad que ahora me resulta casi entrañable, que aquello de que “nunca es tarde” también iba conmigo.

No tardé en descubrir que la letra pequeña decía otra cosa.

Desde el primer día conviví con un invitado al que nadie había presentado: el edadismo.

A veces llegaba disfrazado de humor. Otras, de condescendencia. Y, en ocasiones, de esa sorpresa permanente que parece despertar una mujer de cuarenta y cinco años sentada en un aula universitaria.

Tengo bastante sentido del humor. Bastante. Igual que inteligencia. Por eso sobreviví durante meses al repertorio habitual de humor geriátrico universitario. También aprendí que, en un ascensor, alguien puede decidir hablarte de usted mientras dos plantas más abajo tutea al resto. La educación está muy bien. La presunción de vejez, un poco menos.

Sería profundamente injusto retratar la facultad como un lugar hostil. Tengo compañeros que hoy son amigos y profesores de los que he aprendido muchísimo. Algunos me han apoyado desde el primer día y jamás han visto en mí a “la mayor de clase”, sino a una estudiante más. Precisamente por eso el edadismo resulta tan evidente cuando aparece. Porque desentona. Porque no es la norma, pero existe. Y sí, también lo he encontrado en parte del profesorado. Menos veces de las que me habría gustado. Más de las que esperaba.

Lo curioso es que nunca me he sentido fuera de lugar en clase. Quienes parecían tener más problemas con mi edad eran los demás. Yo solo había ido a estudiar Periodismo. Ellos parecían más interesados en estudiar mi fecha de nacimiento.

Siempre pensé que el edadismo empezaba a los sesenta. Qué ingenua.

Empieza exactamente el día en que dejas de parecer una promesa y empiezas a parecer una anomalía.

Y eso, para las mujeres, suele ocurrir bastante antes que para los hombres.

Hay un momento extraño en la vida de muchas mujeres: Parece que ya estás muerta antes de llegar a los 50.

No lo estás para trabajar. Ni para pagar impuestos. Ni para sostener una familia. Ni para cuidar de tus padres. Ni para resolver los problemas de todo el mundo. Pero, por algún motivo, sí empiezas a estarlo para reinventarte profesionalmente. Como si la curiosidad, el talento o las ganas de aprender llevaran fecha de caducidad.

Lo paradójico es que no somos una extravagancia. Los estudiantes mayores de cuarenta años representamos alrededor del 5 % de quienes cursan un Grado universitario en España. Somos minoría, sí. Pero una minoría suficientemente numerosa como para que deje de sorprender que alguien de mi edad ocupe un pupitre. Sin embargo, todavía hay quien actúa como si fueras el primer fósil viviente matriculado desde el Plan Bolonia.

Durante años hemos denunciado —con razón— a esos hombres que dedican una cantidad sorprendente de tiempo a explicar cuándo pierde valor una mujer. Según ellos, nuestro declive comienza alrededor de los treinta. A partir de ahí parece que entramos en una cuenta atrás hacia la irrelevancia.

Nos reímos de ellos. Los criticamos. Los señalamos.

Y hacemos bien.

Lo curioso es que el mercado laboral parece no haber recibido todavía ese comunicado.

Porque una cosa es decir que las mujeres no caducamos, y otra muy distinta actuar como si fuera verdad.

A pesar de todo, sigo adelante.

Mi expediente supera el nueve de media. He conseguido siete Matrículas de Honor y formo parte de la Junta de Facultad. No escribo esto para presumir. Lo escribo porque los datos desmontan un prejuicio bastante extendido: la edad no limita la capacidad para aprender, trabajar ni destacar.

O eso pensaba.

Cuando llegó el momento de solicitar las prácticas, dejé atrás los chistes de pasillo y entré en la fase profesional del problema. Ya no eran estudiantes. Ya no eran profesores.

Eran periodistas. Editores. Responsables de contratación. Personas cuya función consiste, precisamente, en detectar talento.

Envié doce solicitudes.

Solo una terminó en entrevista.

Hasta ahí, estadística.

Lo interesante vino después.

Durante aquella entrevista descubrí que mi fecha de nacimiento despertaba bastante más curiosidad que mi expediente.

Tres preguntas sobre mi edad.

Ninguna sobre mi forma de escribir. Ninguna sobre mi experiencia profesional. Ninguna sobre las fotografías que hice en zonas de conflicto.

Mi año de nacimiento parecía mucho más relevante que mi trayectoria.

No puedo afirmar que no obtuviera aquellas prácticas por eso. Sería deshonesto hacerlo.

Pero sí puedo afirmar que salí de aquella entrevista con una sensación difícil de ignorar: el dato más importante de mi currículum no era lo que había hecho. Era cuándo había nacido.

Y fue entonces cuando entendí que el problema nunca había sido la universidad.

Era el sistema.

Un sistema que nos anima a reinventarnos mientras sospecha de quienes lo hacen. Que llena auditorios hablando de aprendizaje permanente, pero sigue mirando antes el DNI que el currículum. Que repite hasta la saciedad que la experiencia es un grado… siempre que no se note demasiado.

Nos piden experiencia para trabajar y juventud para contratarnos.

Todavía no tengo claro cómo esperan que resolvamos esa ecuación.

No me molesta cumplir años, me molesta vivir en una sociedad que lleva décadas diciéndome que nunca es tarde para empezar de nuevo mientras no deja de preguntarme por qué empiezo tan tarde.

Hay personas que llegan pronto.

Hay personas que llegan tarde.

Y luego estamos quienes, simplemente, llegamos cuando por fin decidimos ser quienes queríamos ser.

El problema nunca fue la reinvención. Fue no haberla hecho veinte años antes.

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