Por Adrián MolIna

Scrollear se ha vuelto sinónimo de evidenciar y obviar las problemáticas tangibles de nuestra realidad. Ahora, sumergirse en el complicado mundo de internet es una competición de retención de viewers que mide el éxito en likes y aparta la calidad del contenido.
Este manto de superficialidad que cubre la monotonía de nuestras vidas premia lo sencillo, amaina la curiosidad y la adormece, castigando el informarse y provocando un aburrido conocimiento.
No seré yo quien, basado en mi doble moral —o intento de solventar la sociedad y cambiar el sistema desde dentro—, cure la impasible marcha de la desinformación y del populismo.
Quizás mi ímpetu periodístico fuese quien quisiera crear un perfil que contase la verdad basada en fuentes fiables antes de «ladrar» y abarrotar las redes de información basura.
No porque esté en desacuerdo, sino porque lo que no se denuncia con la misma objetividad que se percibe es un ejercicio de hipocresía, de negligencia divulgativa.
Mi primer vídeo informaba sobre la necesidad imperativa del feminismo y mostraba una práctica médica no aprobada llamada «punto para el marido». Este golpe a la dignidad de la mujer —o esta «actividad»— consistía en utilizar la episiotomía para estrechar la vagina de la víctima, sin su consentimiento, para complacer al máximo posible a su pareja masculina.
Lo que nombramos existe; lo que carece de sustantivo parte de la premisa de «mito» o se aleja de la realidad. Afortunadamente, este tipo de prácticas se engloban en la «violencia obstétrica».
Completamente deleznable
Así, y resumido malamente, informaba sobre algo que ocurre y ha ocurrido, sacaba recortes de pódcast y de fuentes como EL PAÍS o RTVE y, rápidamente, el vídeo logró un gran alcance. Muchísimos testimonios de víctimas que afirmaban haber sufrido esta monstruosidad inundaron la sección de comentarios. Sin embargo, yo no me fijé demasiado en la aprobación del público; al contrario, adoraba leer mensajes que no se detenían a escuchar lo que decía, que querían ser parte del problema patriarcal. Como testigos de un mundo invisible que atacan con sus armas, con sus bulos. Todo un mar de pluralidad de insultos y de reseñas negativas sin una base sólida de discusión que invitasen al debate, ni uno solo.
Me sorprendió la cantidad de personas que niegan el feminismo, que lo desconocen. La historia del feminismo y sus tantísimas ramas alborotan su definición al completo, pero sí permiten entender que el feminismo es el fin último de la igualdad, el principio y comienzo de cualquier cambio por la justicia social.
La igualdad entre hombres y mujeres
Parece ser —por alguna razón incomprensible para mi «intolerante» sentido crítico— que defender que ambos sexos seamos iguales es cuestión de «idiotas». Ser hombre y ser feminista te hace blanco de quienes pretenden mantener su privilegio, prevalecer un sistema desigual. Es un secreto a voces.
«Prueba a ligar con tus propios métodos, hijo», me escribió un ilustrado en los comentarios.
Aunque divertido, el mensaje me dejó pensando. Si yo soy consciente de las barbaridades que el sistema ha permitido y lo reclamo, trato de «cortejar» a las mujeres. Supongo que, la próxima vez que, bajo la sombra del reguetón y de las luces parpadeantes, quiera cercarme a una chica en algún bajo de Madrid, alzaré la copa para mostrar mi olor corporal —como si de animales se tratase— y gritaré con todo mi empeño: «¡Viva la ideología woke izquierdista!».
Hablando de feminismo me enseñaron a ligar.
No solamente me señalan aquellos que creen que el hábitat de la mujer es la cocina, sino que también soy cuestionado por algunas que se consideran pertenecientes al movimiento.
Lo insólito de esta desconfianza recae en que, tan machista ha llegado a convertirse el movimiento antifeminista que, sin caer en la generalización, ciertas «feministas» creen que un hombre que dice ser aliado es un infiltrado, un espía.
Volvemos a la Guerra Fría, esta vez somos agentes del enfrentamiento entre géneros, entre opiniones, bajo un lema subyugado y acusaciones de «no ser» quienes defienden serlo.
Todo este replanteamiento de un prematuro intento, espero, de periodista aloja en sus palabras cómo se infiltran mensajes contra la inclusión del movimiento feminista. El 8-M no es la lucha de las mujeres contra el machismo, es un intento de llamar a filas a todo aquel que mantenga la necesidad de la búsqueda de la igualdad social. Pese a que las mujeres son las protagonistas —por ser las principales víctimas—, no es una revolución excluyente, sino todo lo contrario.
Ser hombre y feminista es fundamentalmente necesario
Solo teniéndonos la mano y escuchándonos aprenderemos. Del no tan sencillo recorrido del aprendizaje observaremos que lo imposible de ocurrir ocurre, que no se aleja más allá de nuestras fronteras, ni que el machismo es de otros tiempos, de otros contextos.
Es por esto, y por más razones que no me cabrían en el lienzo donde escribo, que me atormenta que «solo uno de cada cinco jóvenes se considere feminista» (RTVE).
Movimientos como el «tradwife» no son más que demostraciones constantes de una contrarrevolución frente a los valores tradicionales que son mayoría por desconocimiento, que son más sin una alternativa (Newtral).
El feminismo es la base de las sociedades modernas, de las reducidas democracias, y un ejercicio de introspección difícil pero posible; cuestionar tus privilegios no va arraigado a una ideología, va unido a la empatía y a la moralidad.
Entonces sí, soy un hombre feminista
Ahora retomo la inconsciencia volviendo al océano de la simpleza, a las maravillosas redes sociales.



Deja un comentario